jueves, 3 de septiembre de 2026

Edipo: el vínculo entre hijo y madre

¿Alguna vez te has preguntado por qué la relación entre una madre y su hijo puede ser tan intensa, cercana y, a veces, también conflictiva?

Existe un concepto muy conocido dentro de la psicología: el complejo de Edipo, planteado por Sigmund Freud dentro de su teoría del desarrollo psicosexual. 

Y se refiere a un momento del desarrollo infantil y a la manera en que el niño va construyendo sus vínculos afectivos, sus límites y su identidad.

Freud planteaba que, aproximadamente entre los 3 y los 6 años, el niño puede desarrollar un vínculo especialmente intenso con su madre y experimentar al padre como una figura que compite por la atención y el afecto de ella.

Es importante aclarar que esto no significa que el niño tenga una intención sexual adulta hacia su madre. Se trata de una formulación psicoanalítica sobre los afectos, deseos de cercanía, identificación y rivalidad propios de una determinada etapa infantil.

Por ejemplo, un niño puede querer que mamá sea exclusivamente para él, molestarse cuando ella presta atención al papá o decir: “Cuando sea grande me voy a casar con mamá”.

Desde la mirada infantil, esto puede expresar un deseo de exclusividad y de cercanía: “Mamá es muy importante para mí y quiero tenerla cerca”.

¿Y qué ocurre entonces con el padre?

En la teoría de Freud, el padre representa progresivamente una figura que introduce un límite en esa relación exclusiva entre madre e hijo. El niño empieza a comprender que mamá tiene otros vínculos, otros intereses y una relación de pareja que no gira alrededor de él.

Este proceso, desde la perspectiva psicoanalítica, ayuda al niño a comprender que no puede ser el centro absoluto del mundo de su madre.

Y aquí aparece un elemento fundamental: la identificación.

El niño puede comenzar a identificarse con el padre, incorporando características, normas y formas de relacionarse. De esta manera, progresivamente, deja de competir con él y empieza a tomarlo como una referencia.

Ahora bien, es importante señalar que actualmente existen diferentes perspectivas psicológicas sobre el desarrollo infantil y que el complejo de Edipo no es considerado una explicación científica universalmente aceptada del desarrollo. Es un concepto que debemos entender dentro del contexto histórico del psicoanálisis.

Sin embargo, hay algo que sí resulta interesante para pensar nuestras relaciones: la forma en que aprendemos a vincularnos dentro de nuestra familia puede influir posteriormente en nuestras relaciones afectivas.

Y aquí llegamos a una parte muy importante: ¿qué puede ocurrir cuando esa relación entre madre e hijo permanece excesivamente fusionada durante la vida adulta?

Una relación cercana entre un adulto y su madre no tiene nada de malo. El problema aparece cuando existen límites poco claros, dependencia emocional o una dificultad para diferenciar el amor de la obligación.

Por ejemplo, un hijo adulto puede sentir que tiene que estar siempre disponible para su madre, consultarle absolutamente todas sus decisiones, cubrirle algunas de sus necesidades o sentirse culpable cuando prioriza sus propios objetivos.

Y escucha, esto puede hacerse especialmente visible cuando aparece una pareja.

Imaginemos a un hombre que comienza una relación y, cada vez que existe un conflicto entre su pareja y su madre, automáticamente se coloca del lado de la madre.

O se comporta como alguien que necesita contarle a su madre detalles íntimos de su relación.

O permite que ella (la madre) opine constantemente sobre cómo debe vivir, dónde debe vivir, cómo debe administrar su dinero, incluso opinar sobre cómo comportarse o como tratar a su pareja o cómo debe educar a sus hijos.

También puede ocurrir que la madre sea la primera persona a la que llama para contarle todo, incluso antes que, a su pareja, o que sus decisiones importantes dependan de su aprobación.

Y ojo, aquí hay algo que puede generar mucho sufrimiento en la pareja: la tercera persona empieza a sentirse como una invitada dentro de su propia relación.

La pareja puede comenzar a preguntarse:

“¿Con quién estoy realmente construyendo mi vida?”

“¿Por qué siento que siempre tengo que competir con su madre?”

“¿Por qué la opinión de ella pesa más que la mía?”

“¿Por qué no me siento como una esposa?”

Y lamentablemente muchas veces esto no aparece desde el comienzo.

Una persona puede enamorarse, convivir, casarse e incluso tener hijos antes de darse cuenta de que existe una dinámica familiar en la que ella nunca ocupará realmente un lugar prioritario.

Por eso es importante observar algunas señales de alerta. Veamos:

Primera: que la pareja no pueda tomar decisiones importantes sin la aprobación de su madre.

Segunda: que se sienta excesivamente culpable cuando dice “no” a su madre.

Tercera: que la madre tenga acceso permanente a información íntima de la relación y que la pareja sienta que sus asuntos privados terminan siendo conocidos por ella.

Cuarta: que la pareja no pueda establecer límites porque aparece inmediatamente el argumento: “Es mi mamá, no la puedo contradecir”.

Quinta: que, frente a un conflicto entre la pareja y la madre, la persona nunca pueda escuchar a ambas partes y automáticamente descalifique o culpe a su pareja.

Otra señal de alerta aparece cuando una persona espera que su pareja haga por ella lo que siempre hizo su madre: cuidarlo, tranquilizarlo, resolverle problemas, o que le satisfaga necesidades emocionales que nunca ha aprendido a gestionar por sí mismo.

Pero atención: tener una madre muy presente no significa necesariamente tener un complejo de Edipo no resuelto.

La verdadera pregunta es:

¿Existe autonomía? ¿Existen límites? ¿Puede esta persona construir una relación de pareja sin sentirse atrapada entre su pareja y su madre?

Porque una relación adulta saludable no exige abandonar a la familia de origen. Lo que exige es poder establecer nuevas prioridades y nuevos límites.

Cuando una persona forma una pareja, no tiene que dejar de ser hijo o hija. Pero sí necesita poder convertirse también en un adulto autónomo capaz de tomar decisiones sobre su propia vida.

Y si ya existe este problema dentro de una relación, la solución tampoco consiste en decir: “Tu madre es el problema”.

Eso probablemente genere más resistencia.

Es mucho más útil trabajar preguntas como:

¿Qué sientes cuando intentas ponerle un límite a tu madre?

¿Qué temes que ocurra si no haces lo que ella espera?

¿Puedes diferenciar entre sentir culpa y estar haciendo algo malo?

Y para la pareja, también es importante preguntarse:

¿Estoy pidiendo que mi pareja abandone a su familia o estoy pidiendo límites saludables dentro de nuestra relación?

Son cosas muy diferentes.

En algunos casos, la terapia individual puede ayudar a trabajar la autonomía, la culpa y la dependencia emocional. Y cuando el problema ya está afectando seriamente la relación, la terapia de pareja puede ayudar a establecer límites, acuerdos y nuevas formas de comunicación.

Porque finalmente, una relación de pareja saludable no consiste en elegir entre “mamá o mi pareja”.

Consiste en aprender que cada vínculo tiene su propio lugar.

Una madre puede seguir siendo una persona fundamental en la vida de su hijo. Pero ese hijo adulto también tiene derecho a construir su propia vida, tomar sus propias decisiones y formar una relación de pareja sin sentirse permanentemente dividido.

Y para quienes están iniciando una relación, quizá una de las mejores recomendaciones sea esta: no observes solamente cómo te trata tu pareja cuando todo está bien; observa cómo establece límites con su familia cuando aparece un conflicto.

Ahí puedes conocer mucho de su capacidad de autonomía.

Porque amar a nuestra familia de origen no debería impedirnos construir una familia propia, una pareja y una vida propias.

Y quizá esta sea una de las grandes tareas de la adultez: aprender a estar cerca de quienes amamos sin perder nuestra propia identidad.

Ps. Rocxana Croce P.


 

jueves, 13 de agosto de 2026

VIH: más allá del virus, el peso del estigma


¿Qué puede ser más difícil para una persona que vive con VIH: enfrentar el virus o enfrentar el miedo al rechazo de los demás?

Porque cuando hablamos de VIH, no solamente hablamos de una condición de salud. También hablamos de emociones, relaciones, autoestima, sexualidad y, sobre todo, de estigma.

VIH NO ES LO MISMO QUE SIDA

Primero, aclaremos algo importante: VIH y sida no son lo mismo.

El VIH es el virus de la inmunodeficiencia humana. Cuando una persona adquiere el VIH, el virus afecta su sistema inmunológico.

Pero actualmente existen tratamientos que permiten controlar el virus y que las personas que viven con VIH puedan llevar una vida larga y saludable.

El sida, en cambio, es una etapa avanzada de la infección por VIH que puede aparecer cuando la infección no ha sido tratada adecuadamente.

¿Por qué comienzo haciendo esta aclaración? Porque todavía existen muchas ideas antiguas y equivocadas alrededor del VIH.

Y cuando existe desinformación, fácilmente aparecen el miedo y los prejuicios.

Aquí aparece una palabra muy importante: Estigma

El estigma ocurre cuando una persona es etiquetada negativamente debido a una característica, condición o situación.

En el caso del VIH, puede aparecer cuando pensamos que una persona con VIH necesariamente ha tenido determinadas conductas sexuales, cuando asumimos que sabemos cómo adquirió el virus o cuando creemos que debemos mantenernos alejados de ella.

Incluso todavía hay personas que creen que pueden adquirir el VIH por abrazar a alguien, compartir un vaso, sentarse a su lado o utilizar el mismo baño.

Y no es así.

El VIH no se transmite por esos contactos cotidianos.

Pero el problema es que estos prejuicios no solamente generan discriminación. También pueden tener consecuencias psicológicas importantes.

Por ejemplo, una persona puede sentir tanto miedo de ser rechazada que prefiera no contarle a nadie su diagnóstico.

Incluso puede evitar hacerse una prueba por temor a descubrir el resultado.

Y aquí vemos cómo el estigma puede convertirse en una barrera para el cuidado de la propia salud.

EL MIEDO AL RECHAZO

Imaginemos por un momento que una persona recibe un diagnóstico de VIH.

Es posible que inicialmente sienta miedo, preocupación, tristeza o incertidumbre.

Y eso es comprensible.

Pero quizá aparece otro tipo de miedo:

“¿Qué van a pensar de mí?”

“¿Mi pareja me va a dejar?”

“¿Mi familia me va a rechazar?”

“¿Podré volver a tener una relación?”

“¿Alguien querrá estar conmigo?”

Entonces podemos comprender que el impacto psicológico de un diagnóstico no depende únicamente de la condición médica.

También depende de cómo creemos que los demás van a reaccionar frente a ella.

Y para algunas personas, ese miedo al rechazo puede llegar a ser tan intenso que comienzan a aislarse, a ocultar información importante o a cuestionar su propio valor.

EL ESTIGMA Y LA SALUD MENTAL

Cuando una persona siente que debe esconder una parte importante de su vida por miedo a ser juzgada, puede experimentar ansiedad, tristeza, vergüenza, culpa o soledad.

Y existe otro riesgo: comenzar a pensar que el diagnóstico define quién es.

Por eso quiero hacer una distinción muy sencilla, pero muy importante:

Una persona tiene VIH, pero no “es” el VIH.

Su diagnóstico es una condición de salud. No define su personalidad, sus capacidades, sus valores, su capacidad para amar ni su valor como ser humano.

Parece una diferencia pequeña, pero psicológicamente es enorme.

VIH Y RELACIONES DE PAREJA

Otro tema que puede generar mucha preocupación son las relaciones de pareja.

Una persona que vive con VIH puede preguntarse:

“¿Cuándo se lo digo?”

“¿Cómo se lo digo?”

“¿Me rechazará?”

“¿Pensará que le he mentido?”

Estas preguntas pueden generar mucha ansiedad.

Y aquí es importante hablar de responsabilidad, pero también diferenciarla de la culpa.

La sexualidad implica responsabilidad, comunicación y cuidado mutuo.

Conocer nuestro estado de salud sexual y hablar de estos temas con la pareja forma parte de ese cuidado.

Pero responsabilidad no significa culpabilidad.

Tener VIH no convierte a una persona en culpable ni en alguien moralmente inferior.

Y tampoco deberíamos asumir automáticamente cómo adquirió el virus.

Ese tipo de juicios es precisamente una de las formas en que funciona el estigma.

UNA VIDA CON VIH

También es importante saber que un diagnóstico de VIH no significa que la vida se haya terminado.

Con diagnóstico oportuno y tratamiento adecuado, las personas que viven con VIH pueden mantener una buena calidad de vida.

La información científica es una de las mejores herramientas para combatir el miedo.

Porque cuando conocemos la realidad, podemos reemplazar los prejuicios por conocimiento y el miedo por una actitud más responsable.

¿CÓMO PODEMOS DISMINUIR EL ESTIGMA?

No necesitamos ser especialistas para contribuir.

Primero, informarnos.

Muchas veces el prejuicio nace de información antigua o incorrecta.

Segundo, cuidar nuestro lenguaje.

Las palabras importan.

No es lo mismo hablar de una persona desde el respeto que reducirla a su diagnóstico.

Tercero, respetar su privacidad.

No tenemos derecho a divulgar la información de salud de otra persona ni a convertir su diagnóstico en un tema de conversación.

Y cuarto, recordar algo muy sencillo:

Una persona con VIH sigue siendo una persona.

Tiene sentimientos, proyectos, miedos, sueños, familia, trabajo, relaciones y una historia que va mucho más allá de su diagnóstico.

SI ESTÁS VIVIENDO CON VIH

Y quiero dedicar unos minutos especialmente a ti que quizá estás leyendo este articulo y vives con VIH.

Tal vez algunas de las cosas que he mencionado te resulten familiares.

Quizás has sentido miedo, vergüenza, culpa, tristeza o preocupación por lo que otras personas puedan pensar de ti.

Quizás incluso has pensado:

“¿Quién va a querer estar conmigo ahora?”

“¿Cómo voy a contarle esto a alguien que quiero?”

Si te has sentido así, quiero decirte algo importante:

Tus emociones son comprensibles.

Recibir un diagnóstico puede generar un impacto emocional importante y no tienes que obligarte a sentirte bien inmediatamente.

Date permiso para procesar lo que estás viviendo.

Pero intenta también diferenciar entre lo que estás sintiendo y lo que realmente eres.

Puedes sentir vergüenza sin ser una persona vergonzosa.

Puedes sentir miedo sin que tu futuro esté perdido.

Puedes sentir tristeza sin que eso signifique que no volverás a ser feliz.

Y puedes vivir con VIH sin que el VIH defina quién eres.

No tienes que atravesar este proceso completamente solo.

Busca personas en las que puedas confiar, que puedan escucharte sin juzgarte. Mantén también el acompañamiento de los profesionales de salud que correspondan para recibir información, tratamiento y orientación adecuados.

Y si notas que la tristeza, la ansiedad, la culpa o el miedo están interfiriendo con tu vida cotidiana, tus relaciones, tu trabajo o tu capacidad para cuidarte, buscar apoyo psicológico puede ser una buena decisión.

La terapia puede ayudarte a procesar emocionalmente el diagnóstico, trabajar el miedo al rechazo, fortalecer tu autoestima y aprender a manejar las emociones que puedan aparecer.

También quiero recordarte algo importante:

Tu diagnóstico forma parte de tu intimidad.

No tienes que contárselo a todo el mundo. Puedes decidir con quién compartir información sobre tu salud y cuándo hacerlo, teniendo en cuenta las responsabilidades de salud sexual que correspondan.

Y si alguna persona te rechaza por vivir con VIH, recuerda que ese rechazo no determina tu valor como persona.

No permitas que el estigma de los demás se convierta en la manera en que tú te miras a ti mismo.

Tu diagnóstico forma parte de tu historia, pero no es toda tu historia.

Sigues siendo tú: con tus capacidades, tus vínculos, tus proyectos, tus sueños y tu derecho a construir una vida plena.

Y, para terminar, quiero que nos quedemos con una idea:

Cuando hablamos del VIH, hablamos de un virus, sí.

Pero también hablamos de miedo, prejuicios, discriminación, autoestima, relaciones, sexualidad y salud mental.

Por eso, combatir el VIH también implica combatir la desinformación y el estigma que todavía existe alrededor de él.

Una sociedad más informada es una sociedad menos prejuiciosa.

Y una persona que recibe un diagnóstico de VIH no debería tener que enfrentarse, además de a una condición de salud, al rechazo de los demás.

Así que la próxima vez que escuches un comentario discriminatorio o una información falsa sobre el VIH, recuerda que puedes hacer algo muy sencillo: informarte, cuestionar el prejuicio y no reproducir el estigma.

Porque detrás de cada diagnóstico hay una persona.

Una persona que merece respeto, privacidad, cuidado y la posibilidad de continuar con su vida y sus proyectos.

Y recuerda: un diagnóstico puede formar parte de tu historia, pero nunca tiene por qué convertirse en toda tu identidad.

Ps. Rocxana Croce P.

Masking y fatiga emocional: cuando aparentar estar bien termina agotándote

 


¿Alguna vez has sonreído cuando en realidad querías llorar? ¿Has dicho "todo está bien" aunque por dentro te sintieras agotado o preocupado?

Si tu respuesta es sí, probablemente hayas experimentado algo conocido como masking o enmascaramiento emocional.

Aunque muchas personas lo hacen de forma ocasional, cuando se convierte en un hábito puede generar un gran desgaste emocional.

En este episodio hablaremos acerca del masking y la fatiga emocional, cuando aparentar estar bien termina agotándote.

¿Qué es el masking?

El masking consiste en ocultar o modificar la manera en que realmente pensamos, sentimos o actuamos para adaptarnos a las expectativas de los demás o evitar ser juzgados.

No siempre es algo consciente. Muchas personas aprenden desde pequeñas que expresar ciertas emociones puede ser mal visto o generar rechazo. Como resultado, desarrollan estrategias para aparentar tranquilidad, felicidad o seguridad, aunque internamente estén viviendo algo muy diferente.

Por ejemplo:

  • Sonreír cuando se siente tristeza.
  • Decir "no pasa nada" cuando algo sí ha dolido.
  • Mostrar entusiasmo en reuniones sociales, aunque se esté muy agotado o incomodo.
  • Evitar expresar opiniones por miedo a ser criticado.
  • Esforzarse constantemente por parecer fuerte o exitoso.

En algunos casos, el masking también es una estrategia frecuente en personas con autismo, TDAH u otras condiciones del neurodesarrollo para adaptarse a entornos sociales. Sin embargo, cualquier persona puede experimentar este tipo de enmascaramiento.

¿Por qué hacemos masking?

Existen muchas razones. Entre las más comunes están:

  • Miedo al rechazo.
  • Deseo de ser aceptado.
  • Evitar conflictos.
  • Presión laboral o académica.
  • Creencias como "debo ser fuerte" o "no debo mostrar mis emociones".
  • Experiencias pasadas donde expresar sentimientos tuvo consecuencias negativas.

Aunque estas estrategias pueden parecer útiles a corto plazo, mantenerlas durante mucho tiempo suele tener un costo importante.

¿Qué es la fatiga emocional?

La fatiga emocional es un estado de agotamiento psicológico que aparece cuando una persona ha estado enfrentando estrés, preocupaciones o un esfuerzo emocional constante durante un tiempo prolongado.

No significa simplemente estar cansado. Es la sensación de que la energía emocional se ha agotado.

Algunas señales incluyen:

  • Sentirse cansado incluso después de descansar.
  • Irritabilidad o cambios de humor frecuentes.
  • Dificultad para concentrarse.
  • Falta de motivación.
  • Sensación de estar "vacío" emocionalmente.
  • Menor paciencia con los demás.
  • Necesidad de aislarse para recuperar energía.

¿Cómo se relacionan el masking y la fatiga emocional?

Imagina que durante todo el día interpretas un personaje. Debes controlar tus expresiones, tus palabras, tus gestos y tus emociones para que nadie note cómo realmente te encuentras.

Ese esfuerzo requiere mucha energía.

Con el paso del tiempo, sostener esa "máscara" puede generar un desgaste considerable. La persona puede terminar sintiendo que vive para cumplir expectativas ajenas y que ha perdido contacto con lo que realmente siente.

Por eso, el masking prolongado puede convertirse en un factor que favorece la aparición de fatiga emocional.

¿Cómo saber si estás haciendo masking?

No siempre resulta fácil identificarlo. Algunas preguntas pueden ayudarte a reflexionar:

¿Sientes que debes actuar diferente según con quién estés?

¿Te cuesta expresar cuando algo te molesta?

¿Temes que los demás te rechacen si muestras cómo te sientes?

¿Al finalizar reuniones sociales o laborales te sientes completamente agotado?

¿Con frecuencia dices que estás bien, aunque no sea cierto?

Responder "sí" a varias de estas preguntas no significa necesariamente que exista un problema, pero puede ser una invitación a observar cómo estás viviendo tus relaciones y cuánto esfuerzo haces para ocultar tus emociones.

¿Qué puedes hacer para cuidar tu bienestar?

No se trata de dejar de adaptarse por completo a las situaciones sociales. Todos regulamos nuestro comportamiento en determinados contextos. La diferencia está en que esa adaptación no implique perder nuestra autenticidad ni vivir en un esfuerzo constante.

Algunas estrategias que pueden ayudar son:

  • Reconocer cómo te sientes sin juzgarte.
  • Buscar personas con quienes puedas expresarte con confianza.
  • Permitirte descansar después de situaciones emocionalmente demandantes.
  • Importante es aprender a poner límites cuando sea necesario.
  • Practicar la autocompasión en lugar de exigirte ser perfecto.
  • Buscar apoyo psicológico si el agotamiento persiste o afecta tu calidad de vida.

 

Recuerda: Mostrar fortaleza no significa ocultar siempre lo que sentimos. Las emociones cumplen una función importante y expresarlas de manera saludable también es una forma de cuidarnos.

Si constantemente sientes que debes usar una máscara para encajar o agradar a los demás, quizá sea un buen momento para preguntarte cuánto esfuerzo te está costando mantener esa imagen.

Cuidar tu salud mental también implica darte permiso para ser auténtico, reconocer tus emociones y buscar espacios donde puedas sentirte aceptado tal como eres.

No siempre podemos evitar el estrés, pero sí podemos aprender a relacionarnos con nuestras emociones de una manera más amable y saludable.

 

 Hablemos del masking o enmascaramiento en el autismo

El esfuerzo invisible de muchas personas autistas.

En los últimos años se ha hablado cada vez más sobre el masking o enmascaramiento en el autismo. Aunque el término puede sonar nuevo, muchas personas autistas han descrito esta experiencia durante años: la necesidad de ocultar o modificar aspectos de sí mismas para adaptarse a las expectativas sociales.

A simple vista, una persona puede parecer desenvolverse "sin dificultades". Sin embargo, detrás de esa imagen puede haber un enorme esfuerzo mental y emocional que pocas personas perciben.

 

¿Qué significa el masking en el autismo?

El masking es el conjunto de estrategias que una persona autista utiliza para parecer neurotípica, es decir, para comportarse de acuerdo con lo que la sociedad considera una conducta "normal" en las interacciones sociales.

No significa que la persona esté fingiendo quién es. Más bien, está haciendo un esfuerzo constante por ocultar características propias del autismo para evitar críticas, burlas, discriminación o rechazo.

Muchas personas describen esta experiencia como si interpretaran un papel durante gran parte del día que termina siendo muy agotador.

¿Cómo puede manifestarse?

Cada persona autista es diferente, pero algunas formas frecuentes de masking incluyen:

  • Memorizar reglas sociales en lugar de comprenderlas de manera intuitiva.
  • Ensayar conversaciones antes de una reunión o encuentro.
  • Observar cómo actúan otras personas para imitarlas.
  • Forzarse a mantener contacto visual, aunque resulte incómodo.
  • Reprimir movimientos repetitivos o autoestimulaciones (conocidos como stimming), como balancearse, mover las manos o manipular objetos, porque temen ser juzgados.
  • Sonreír o mostrar expresiones faciales que no reflejan exactamente cómo se sienten.
  • Ocultar la sobrecarga sensorial para que los demás no la noten.
  • Hacer un gran esfuerzo por participar en conversaciones informales, aunque resulten agotadoras.

Desde fuera, estas conductas pueden pasar desapercibidas. Sin embargo, mantenerlas durante horas requiere una gran cantidad de energía.

¿Por qué muchas personas autistas hacen masking?

Las razones suelen estar relacionadas con experiencias de vida y con la forma en que la sociedad responde a la diferencia. Algunas de las más comunes son:

  • Evitar el rechazo o el aislamiento.
  • Reducir el riesgo de sufrir burlas o acoso.
  • Conseguir o mantener un empleo.
  • Adaptarse al entorno escolar o universitario.
  • Ser aceptadas socialmente.
  • Evitar que otras personas cuestionen sus capacidades.

En muchos casos, el masking comienza desde la infancia. Algunos niños aprenden que ciertas conductas generan correcciones constantes o comentarios negativos, por lo que empiezan a esconderlas para sentirse más seguros.

¿Qué consecuencias puede tener?

Aunque el masking puede ayudar a afrontar determinadas situaciones, mantenerlo de forma constante en el tiempo, puede tener un impacto importante en la salud mental.

Algunas consecuencias descritas por personas autistas y estudiadas en la investigación incluyen:

  • Fatiga emocional y mental.
  • Agotamiento después de actividades sociales.
  • Aumento de la ansiedad.
  • Estrés persistente.
  • Sensación de no poder ser uno mismo.
  • Baja autoestima.
  • Mayor riesgo de depresión.
  • En algunos casos, un estado de agotamiento profundo conocido como burnout autista, caracterizado por una disminución significativa de la energía, las capacidades para afrontar las demandas diarias y la tolerancia al estrés.

No todas las personas autistas experimentan estas consecuencias, pero reconocer esta posibilidad ayuda a comprender por qué algunas necesitan más tiempo para recuperarse después de situaciones sociales o entornos muy demandantes.

A veces se escucha la frase: "No parece autista". Sin embargo, esta impresión puede deberse precisamente al masking.

Una persona puede haber dedicado años a aprender estrategias para adaptarse, sin que eso signifique que el esfuerzo haya desaparecido. El hecho de que alguien mantenga una conversación sonría o haga contacto visual no excluye que sea autista ni refleja cuánto esfuerzo le supone hacerlo.

Por eso, es importante recordar que el autismo es una condición del neurodesarrollo con una gran diversidad de manifestaciones. No existe una única forma de ser autista.

¿Cómo podemos apoyar a una persona autista?

El apoyo no consiste en pedirle que haga más masking, sino en favorecer entornos donde no necesite ocultar quién es.

Algunas acciones sencillas pueden marcar la diferencia:

  • Respetar las diferentes formas de comunicarse.
  • No obligar al contacto visual si la persona no se siente cómoda.
  • Comprender que los movimientos repetitivos pueden ayudar a regular emociones o estímulos.
  • Dar tiempo suficiente para responder durante una conversación.
  • Evitar juzgar conductas que no hacen daño a nadie simplemente porque son diferentes.
  • Promover espacios donde la autenticidad sea valorada y respetada.

Un mensaje final

El masking en el autismo es, muchas veces, un esfuerzo invisible. Desde fuera puede parecer que todo marcha bien, mientras que por dentro la persona está dedicando una gran cantidad de energía a adaptarse a un entorno que no siempre comprende sus necesidades.

Visibilizar, informarnos para conocer más sobre el autismo nos ayuda a mirar más allá de las apariencias, reducir prejuicios y construir relaciones basadas en el respeto y la comprensión.

Aceptar la diversidad no significa esperar que todas las personas se comporten igual, sino reconocer que existen diferentes maneras de comunicarse, aprender, relacionarse y participar en el mundo.

Recuerda: Cuando los entornos son más inclusivos, muchas personas autistas pueden sentirse más seguras para mostrarse tal como son, disminuyendo la necesidad de recurrir al masking de forma constante.

Ps. Rocxana Croce P.

domingo, 5 de julio de 2026

¿Puede una inteligencia artificial reemplazar a un psicoterapeuta real?

“Doctora, he estado consultando con ChatGPT… y la verdad, me ha sorprendido. Me responde rápido, me explica cosas, incluso me ayuda a entender por qué me siento así. Pero… siento que algo falta.”

Esta frase podría sonar cada vez más familiar en consulta. Vivimos en una época en la que la inteligencia artificial está entrando en muchos espacios de nuestra vida: trabajo, educación, creatividad… y también salud mental.

Hoy muchas personas buscan respuestas emocionales inmediatas. Quieren entender si lo que sienten es ansiedad, apego, trauma, estrés o depresión. Y herramientas como ChatGPT que es un modelo de inteligencia artificial (IA), pueden ofrecer información, ideas, ejercicios básicos de reflexión e incluso una sensación inicial de acompañamiento.

Como dice el título: ¿Puede una inteligencia artificial reemplazar a un psicoterapeuta real? La respuesta corta es: no, pero sí puede ser una herramienta complementaria. Entender esta diferencia es fundamental, especialmente para quienes buscan apoyo psicológico.

¿Por qué algunas personas recurren primero a ChatGPT, Deepseek, Gemini o Copilot? La respuesta es sencilla: por la accesibilidad. Por ejemplo, ChatGPT está disponible casi de inmediato, no juzga, y puede responder en cualquier momento del día, incluso a las 3 de la mañana cuando alguien está atravesando una tristeza, insomnio o una crisis emocional.

Una persona puede escribir:

·       “¿Por qué siento miedo de que me abandonen?”

·       “¿Esto que siento es ansiedad o estrés?”

·       “¿Cómo puedo calmarme después de una discusión?”

Y recibirá una respuesta inmediata, muchas veces útil y calmante.

Veamos algunos beneficios reales:

ChatGpt, es quizá el asistente de IA conversacional más versátil y conocido, de uso general que ayuda a entender conceptos como ansiedad, trauma, autoestima, límites, dependencia emocional o ataques de pánico. Puede servir para organizar y poner en palabras los pensamientos que la persona aún no sabe expresar.  Es muchas veces el primer paso hacia pedir ayuda, porque a veces una persona comienza preguntándole a una IA y luego se anima a buscar terapia profesional. En ese sentido, ChatGPT puede ser como una “puerta de entrada” al autoconocimiento. Pero entonces… ¿qué es lo que falta?

Lo que falta es precisamente lo más humano: la relación terapéutica.

La psicoterapia no consiste solo en recibir información. Un psicoterapeuta no solo escucha palabras; observa silencios, contradicciones, patrones, historias de vida, los trauma, mecanismos de defensa, el lenguaje corporal, el tono emocional…los vínculos.

Cuando una persona dice: “Estoy bien” pero su voz se quiebra, evita ciertos temas o repite patrones de dolor, el terapeuta trabaja con múltiples niveles de profundidad que de por si una IA no puede captar completamente.

La terapia real ofrece:

  •  La presencia emocional: Sentirse acompañado por otro ser humano.
  • El vínculo terapéutico: porque La relación en sí misma de confianza y seguridad entre terapeuta y paciente, ofrece un espacio donde muchas veces se pueden reparar, sanar las heridas de abandono, rechazo o invalidación.
  • La intervención personalizada profunda: Va mucho más allá de la consejería breve (counseling), sino que ayuda a confrontar, elaborar y transformar.
  • Detección de riesgo clínico: Un profesional entrenado puede reconocer señales complejas de trauma severo, de ideación suicida, de abuso o trastornos más profundos.

Ojo: la inteligencia artificial da información… pero no trata.

Aquí está una diferencia esencial: Información no es lo mismo que tratamiento. Saber qué es ansiedad no necesariamente resuelve la ansiedad. Leer sobre apego ansioso no cambia automáticamente patrones relacionales de años. Entender intelectualmente un trauma no significa haberlo procesado emocionalmente.

Muchas personas pueden “saber mucho” sobre salud mental, pero seguir atrapadas en los mismos ciclos y patrones. Porque sanar no solo implica comprender, sino trabajar emocionalmente experiencias profundas.

Entonces ¿cuáles son los riesgos de depender solo de una IA para temas psicológicos? Aunque puede ser útil, también hay limitaciones importantes:

1.   Puede reforzar auto-diagnósticos incorrectos: Una persona puede interpretar mal sus síntomas y aumentar su preocupación.

2.       Falta contexto clínico real: Por tanto, no reemplaza la evaluación diagnóstica formal.

3.       Puede generar falsa sensación de resolución: Y en ese sentido, sentir alivio momentáneo no siempre significa cambio profundo.

4.    No sustituye intervención en crisis: Como En casos de violencia, trauma severo, riesgo suicida o trastornos complejos, se necesita apoyo profesional inmediato.

Ahora, ¿cómo usar la inteligencia artificial de forma saludable? La clave no es verlo como enemigo ni como sustituto absoluto. Puede ser útil para:

·       Llevar registro emocional

·       Entender conceptos psicológicos

·       Llevar un diario o reflexión en un cuaderno

·       Aprender estrategias básicas de regulación

Pero, por ejemplo, la inteligencia artificial no debería reemplazar:

·       Un diagnóstico clínico

·       Una terapia de pareja

·       Crisis emocionales

·       Un tratamiento psicológico

·       Procesos de TOC, trauma, etc.

Y es acá donde está el valor irremplazable de lo humano. Porque la salud mental no solo necesita respuestas; muchas veces necesita vínculo, seguridad y reparación emocional. Hay heridas que se curan no únicamente entendiendo, sino siendo escuchados de una manera distinta.

Para algunas personas, por primera vez en su vida, la terapia significa estar en un espacio donde no son juzgadas, donde alguien les ayuda a organizar el posible caos interno y a construir nuevas formas de relacionarse consigo mismas y con los demás. Eso, hasta ahora, sigue siendo profundamente humano.

En conclusión: ¿reemplazo o complemento? La IA puede ser una herramienta poderosa, educativa y accesible. Puede orientar, informar y acompañar de forma básica. Pero un psicoterapeuta ofrece algo más profundo: criterio clínico, vínculo humano, intervención terapéutica y transformación emocional.

La pregunta quizás no sea si Gemini o Copilot o ChatGPT reemplazarán a la terapia. Tal vez la pregunta más adecuada sería:

¿Cómo puede la tecnología ayudarnos a acercarnos más a nuestra salud mental sin perder el valor esencial del encuentro y cuidado humano?

Porque en un mundo cada vez más digital, seguimos necesitando algo muy antiguo y poderoso: Ser comprendidos por otro ser humano.

 Ps. Rocxana Croce P.

 

Más allá del diagnóstico, vivir con esquizofrenia

 

Introducción (escena en consultorio)

El consultorio está en silencio. Solo se escucha el sonido leve del reloj en la pared

Entra el paciente, y llega no solo con su presencia física sino con algo más difícil de ver: una experiencia interna que le resulta confusa y en momentos, abrumadora.

Se sienta. Evita el contacto visual al principio. Sus manos se mueven con cierta inquietud, como si intentara organizar pensamientos que no terminan de encajar.

Cuando comienza a hablar, no lo hace de forma lineal. Salta de una idea a otra. A veces se detiene en mitad de una frase, como si dudara de lo que acaba de decir o de lo que percibe.

Menciona cosas que para él son muy reales: voces que comenta haber escuchado, sensaciones de que alguien lo observa, o la impresión de que ciertos eventos tienen un significado oculto que los demás no logran ver.


Desde la mirada clínica, lo mencionado en la introducción pueden ser síntomas compatibles con la esquizofrenia.

Pero en ese momento, en el consultorio, no se trata de etiquetas. Se trata de una persona intentando dar sentido a una realidad que se ha vuelto difícil de ordenar.

Nuestro trabajo profesional no es corregir lo que el paciente cree o percibe, sino primero comprender cómo se está viviendo esa experiencia desde dentro. Qué emociones la acompañan. Qué tanto miedo, confusión o sufrimiento hay detrás de esas palabras.

Porque antes del diagnóstico, antes del síntoma, antes de cualquier definición clínica, hay una historia humana que necesita ser escuchada sin juicio.

Y es ahí donde comienza realmente la comprensión de la salud mental.

¿Qué es la esquizofrenia?

La esquizofrenia es un trastorno mental que afecta la forma en que una persona piensa, percibe la realidad y se relaciona con el mundo.

No es “doble personalidad” ni significa tener varias identidades. Es más bien una condición en la que el cerebro puede interpretar la realidad de manera alterada en ciertos momentos.

Esto puede afectar pensamientos, emociones y percepciones.

Los síntomas pueden ser:

  • Alucinaciones: la más común son las voces que otras personas no escuchan.
  • Delirios: creencias muy firmes que no coinciden con la realidad, como sentir que alguien los persigue o que reciben mensajes especiales.
  • Pensamiento desorganizado: dificultad para ordenar ideas o hablar de forma clara.
  • Falta de motivación o energía
  • Aislamiento social
  • Expresión emocional disminuida
  • Dificultad para disfrutar actividades
  • Problemas de atención
  • Dificultades de memoria
  • Lentitud para procesar información

No todas las personas tienen todos los síntomas, y la intensidad puede variar mucho.

 

Con relación a las causas, no hay una sola causa. La esquizofrenia suele aparecer por una combinación de factores:

1. Factores biológicos

  • Cambios en sustancias químicas del cerebro, como la dopamina
  • Diferencias en la estructura y funcionamiento cerebral

2. Factores genéticos

  • Tener familiares con esquizofrenia aumenta el riesgo, pero no significa que se vaya a desarrollar necesariamente

3. Factores ambientales

  • Estrés intenso
  • Traumas en etapas tempranas de la vida
  • Consumo de sustancias como cannabis en personas vulnerables
  • Complicaciones durante el embarazo o nacimiento

Es importante entender esto: nadie “elige” tener esquizofrenia, ni es culpa de la persona.

 

El diagnóstico lo realiza un profesional de salud mental, generalmente un psiquiatra o psicólogo clínico, a través de entrevistas, evaluación de síntomas y observación del comportamiento.

No hay una sola prueba de laboratorio que lo confirme.

Se evalúa el tiempo de los síntomas, su intensidad y cómo afectan la vida diaria.

 

En cuanto al tratamiento es importante indicar que la esquizofrenia es tratable.

El objetivo no siempre es “eliminar” todos los síntomas, sino ayudar a la persona a tener estabilidad, funcionalidad y calidad de vida.

1. Medicación

Los antipsicóticos ayudan a reducir alucinaciones, delirios y episodios psicóticos. Son una base importante del tratamiento.

2. Psicoterapia

La terapia ayuda a:

  • Entender la enfermedad
  • Manejar emociones
  • Reducir estrés
  • Mejorar habilidades sociales
  • Reconocer señales tempranas de crisis

 3. Apoyo familiar y social

El entorno es clave. Un ambiente estable, comprensivo y sin estigma mejora mucho el pronóstico.

4. Rehabilitación psicosocial

Incluye apoyo para estudiar, trabajar y reintegrarse a la vida diaria.

 

Algunas personas preguntan si se puede llevar una vida normal.  Muchas personas con esquizofrenia pueden tener vidas estables con tratamiento adecuado.

Pueden estudiar, trabajar, tener relaciones y desarrollar proyectos personales.

El mayor obstáculo muchas veces no es solo la enfermedad, sino el estigma social y la falta de comprensión.

La esquizofrenia no define a una persona. Es una condición compleja, pero tratable, y sobre todo humana.

Entenderla nos ayuda a dejar de verla desde el miedo y empezar a verla desde la empatía.

Porque detrás de cada diagnóstico, siempre hay una historia que merece ser escuchada.

 

Ps. Rocxana Croce P.



miércoles, 17 de junio de 2026

La hiperconectividad y su impacto psicológico.

 

Imagina a una persona que se despierta y lo primero que hace es revisar su celular.
Mientras desayuna sigue mirando TikTok o Instagram. Durante el trabajo recibe notificaciones constantemente y siente presión por responder rápido.

En la tarde compara su vida con lo que ve en redes. Sin darse cuenta empieza a comparar, sentir ansiedad, frustración o sensación de insuficiencia.

Por la noche quiere descansar, pero sigue conectado viendo videos o respondiendo mensajes hasta muy tarde. duerme poco y al día siguiente se siente cansado, irritable y desconcentrado.

 Vivimos conectados casi todo el tiempo.

Nos despertamos mirando el celular, trabajamos frente a pantallas, respondemos mensajes mientras comemos y antes de dormir revisamos redes sociales, nos decimos incluso “solo cinco minutos” … que terminan siendo una hora.

La tecnología nos ha dado grandes ventajas como la comunicación inmediata, el acceso a información, el entretenimiento y oportunidades de trabajo. Pero también ha traído un costo emocional silencioso que muchas veces normalizamos.

Pero ¿Qué es la hiperconectividad?

La hiperconectividad es la necesidad, o sensación de necesidad de estar disponibles todo el tiempo.
No se trata solamente de usar internet o redes sociales, sino de sentir que debemos responder rápido, revisar constantemente notificaciones y mantenernos conectados para no “quedarnos afuera”.

Y aunque parezca inofensivo, el cerebro humano no fue diseñado para recibir estímulos permanentes las 24 horas del día.

Veamos el impacto en la salud mental

1- La presencia de la ansiedad.
Muchas personas sienten inquietud cuando no tienen el celular cerca, cuando no responden un mensaje rápido o cuando pasan mucho tiempo sin revisar redes.

2- La fatiga mental.
Cada notificación interrumpe nuestra atención. El cerebro cambia constantemente de tarea: trabajo, mensajes, videos, correos, noticias. Ese exceso de estímulos agota nuestra capacidad de concentración.

3- También aparece algo muy común: la comparación constante.  En redes sociales por lo general vemos como versiones editadas de la vida de otros: viajes, éxito, cuerpos perfectos, productividad extrema. Y aunque racionalmente sabemos que no todo es real, emocionalmente podemos sentir que nuestra vida “no es suficiente”.

4- Lo anterior puede llegar a afectar la autoestima, a generar frustración y aumentar síntomas de ansiedad o tristeza.

Alrededor de este tema aparece una situación, y es el miedo a perderse algo.

Existe un término muy conocido: FOMO, por sus siglas en inglés, “Fear Of Missing Out”, o miedo a perderse algo.

Es esa sensación de que todos están viviendo experiencias importantes menos nosotros.
Por eso muchas personas revisan constantemente el teléfono, incluso sin una razón específica.

El problema es que mientras intentamos no perdernos nada afuera, muchas veces terminamos desconectándonos de lo que ocurre adentro: nuestras emociones, nuestro descanso y nuestras relaciones reales.

Otro efecto importante de la hiperconectividad es el deterioro del sueño., hay un impacto significativo.

Muchas personas usan el celular hasta pocos minutos antes de dormir. La luz de las pantallas y la sobreestimulación mental dificultan que el cerebro entre en estado de descanso.

Dormimos menos, descansamos peor y eso afecta el estado de ánimo, la memoria, la paciencia y la capacidad para manejar el estrés.

A veces pensamos que estamos cansados por trabajar mucho, cuando en realidad nunca dejamos que la mente descanse de verdad.

 Paradójicamente, vivimos más conectados, más comunicados que antes y, al mismo tiempo, muchas personas se sienten más solas.

Podemos pasar horas hablando por chat y aun así sentir desconexión emocional.
¿Por qué? Porque la conexión humana profunda necesita presencia, atención y escucha real.

¿Cuántas veces estamos con alguien mientras miramos el celular al mismo tiempo?
¿Cuántas conversaciones quedan interrumpidas por una notificación?

La hiperconectividad puede hacernos físicamente presentes, pero emocionalmente ausentes.

 

Entonces ¿La tecnología es el enemigo?

No.
La tecnología no es mala en sí misma. El problema aparece cuando pierde equilibrio nuestro uso de ella.

El objetivo no es abandonar redes sociales ni vivir desconectados, sino aprender a relacionarnos con la tecnología de una forma más saludable y consciente.

Veamos algunas recomendaciones prácticas

1 Establecer momentos sin pantalla durante el día.

2 Evitar usar el celular al menos 30 minutos antes de dormir.

3 Desactivar notificaciones innecesarias.

4 No revisar el teléfono apenas despertamos.

5 Tener espacios de conversación sin dispositivos.

6 Preguntarnos: “¿Estoy usando esta aplicación por necesidad o por hábito automático?”

También es importante recuperar actividades que le den descanso al cerebro: caminar, leer, hacer ejercicio, conversar cara a cara o simplemente estar en silencio unos minutos.

Reflexión final

La hiperconectividad nos prometió acercarnos más, informarnos más y hacer más cosas en menos tiempo.
Pero también nos enfrenta al desafío de proteger nuestra atención, nuestro descanso y nuestra salud mental.

Estar conectados todo el tiempo no significa estar bien.
A veces, desconectarnos un poco del ruido digital es justamente lo que necesitamos para volver a conectar con nosotros mismos.

Ps. Rocxana Croce P.

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