viernes, 16 de octubre de 2026

Regular tus emociones no significa dejar de sentir

 

Ps. Rocxana Croce P.

¿Alguna vez has pensado que controlar tus emociones significa no llorar, no enojarte, no sentir miedo o simplemente estar bien todo el tiempo?

Muchas veces confundimos la regulación emocional con la capacidad de controlar o eliminar aquello que sentimos. Creemos que, si estamos ansiosos, tenemos que calmarnos; si estamos tristes, tenemos que dejar de estarlo; y si estamos enojados, debemos controlar inmediatamente esa emoción.

Pero regular nuestras emociones no significa dejar de sentirlas.

Significa aprender a reconocer lo que nos pasa, comprender nuestras emociones y encontrar una manera saludable de expresarlas y responder a ellas, sin permitir que controlen automáticamente nuestras decisiones.

Las emociones forman parte de nuestra vida. Aparecen cuando algo nos importa, cuando algo nos preocupa, cuando perdemos algo, cuando percibimos una amenaza, cuando nos sentimos queridos o cuando conseguimos algo que deseábamos.

Por eso, sentir tristeza, miedo, enojo, frustración o ansiedad no significa que haya algo malo en nosotros. Sentir es parte de ser humanos.

La dificultad no está necesariamente en experimentar una emoción, sino en cómo respondemos a ella cuando no sabemos reconocerla, manejarla o expresarla de una manera adecuada.

Regular nuestras emociones tampoco significa convertirnos en personas que nunca se molestan, nunca lloran, nunca sienten miedo o que mantienen la calma en cualquier circunstancia.

Significa aprender a reconocer lo que sentimos, comprender qué puede estar provocándolo y responder de una manera que nos ayude, en lugar de reaccionar impulsivamente.

Y esta diferencia es muy importante.

Las emociones cumplen una función

Las emociones no son errores que debamos eliminar. Cada una puede proporcionarnos información sobre lo que estamos viviendo y ayudarnos a adaptarnos a diferentes circunstancias.

Las emociones tienen una función adaptativa: nos ayudan a identificar necesidades, responder a lo que ocurre a nuestro alrededor y afrontar distintas situaciones.

El miedo, por ejemplo, puede ayudarnos a detectar un peligro y prepararnos para actuar.

La tristeza puede aparecer frente a una pérdida y ayudarnos a procesar aquello que nos duele, disminuir el ritmo y buscar apoyo.

La ira puede surgir cuando percibimos una injusticia, una invasión de nuestros límites o una situación que consideramos importante. Puede movilizarnos para defendernos o establecer límites.

La alegría nos permite disfrutar, conectar con otras personas y reforzar experiencias positivas.

Incluso la culpa o la vergüenza, cuando son proporcionales a la situación, pueden ayudarnos a revisar nuestro comportamiento y reparar el daño que hayamos podido causar.

Por eso, el objetivo de la regulación emocional no es eliminar las emociones desagradables, sino aprender a relacionarnos con ellas de una manera más saludable.

Sentir una emoción no es lo mismo que actuar desde ella

Esta es una de las distinciones más importantes para comprender la regulación emocional.

Puedo sentir mucha rabia y, al mismo tiempo, decidir no insultar.

Puedo sentir miedo y aun así realizar una actividad importante.

Puedo estar triste y continuar con algunas de mis responsabilidades, respetando también mi necesidad de descanso.

Puedo sentir frustración y expresar mi molestia sin agredir.

Es decir, una emoción puede estar presente sin tener que convertirse inmediatamente en una conducta.

Regular nuestras emociones implica crear un espacio entre lo que sentimos y lo que hacemos.

Cuando estamos muy activados emocionalmente, ese espacio puede reducirse. Sentimos algo intenso y reaccionamos casi automáticamente.

Por ejemplo:

  • Estamos molestos y respondemos con agresividad.
  • Nos sentimos rechazados y enviamos muchos mensajes buscando una explicación.
  • Tenemos miedo y evitamos por completo aquello que nos preocupa.
  • Sentimos frustración y abandonamos una actividad.
  • Estamos tristes y nos aislamos durante días.

En esos momentos, la emoción parece dirigir nuestra conducta. Reaccionamos buscando aliviar rápidamente lo que sentimos, pero esa respuesta no siempre nos ayuda y, en ocasiones, puede generar nuevas dificultades.

La regulación emocional nos permite desarrollar otra posibilidad: detenernos, reconocer lo que está ocurriendo y elegir cómo responder.

Podemos aprender a decirnos: “Puedo sentir esto sin tener que actuar inmediatamente desde esta emoción”.

Esto no significa ignorar lo que sentimos ni obligarnos a mantener la calma. Significa comprender que sentir una emoción no nos obliga a actuar de una determinada manera.

Regular no es reprimir

También es importante diferenciar la regulación emocional de la represión.

Reprimir una emoción puede consistir en decirnos: “No estoy triste”, “No me importa”, “No tengo miedo” o “No estoy enojado”, cuando en realidad sí estamos experimentando esas emociones.

La persona intenta actuar como si lo que siente no existiera.

Muchas veces aprendemos a hacerlo desde pequeños. Algunas personas crecieron escuchando que llorar era una señal de debilidad; otras aprendieron que enojarse era malo y que debían guardarse todo. Algunas recibieron el mensaje de que tenían que ser fuertes, que no había tiempo para sentirse mal o que los problemas se resolvían simplemente dejando de pensar en ellos.

Con el tiempo, podemos acostumbrarnos a esconder lo que sentimos, incluso cuando necesitamos expresarlo o pedir ayuda.

Sin embargo, una emoción que no expresamos adecuadamente no necesariamente desaparece. En algunas personas, el malestar puede mantenerse o manifestarse mediante tensión, irritabilidad, preocupación o agotamiento.

Por eso, regular no significa tragarse las emociones ni expresarlas de cualquier manera.

Significa reconocerlas y encontrar una forma de expresarlas y manejarlas que sea adecuada para nosotros y para la situación.

Podemos expresar nuestro enojo sin agredir, comunicar nuestra tristeza sin avergonzarnos y reconocer nuestros temores sin permitir que nos paralicen.

¿Cómo podemos regular nuestras emociones?

La regulación emocional es un proceso que comienza con algo aparentemente sencillo: darnos cuenta de lo que nos está pasando.

1. Reconocer y nombrar lo que sentimos

Antes de regular una emoción, necesitamos identificarla.

A veces decimos: «Estoy mal». Pero estar mal puede significar muchas cosas: tristeza, ansiedad, frustración, miedo, soledad, cansancio, decepción o una combinación de varias emociones.

Ponerle un nombre a lo que sentimos nos ayuda a comprender mejor nuestra experiencia.

No es lo mismo decir: «Estoy mal porque todo me supera» que reconocer: «Estoy frustrada porque las cosas no están saliendo como esperaba y, además, estoy cansada».

La segunda descripción nos permite comprender mejor qué está ocurriendo y empezar a identificar qué necesitamos.

Podemos preguntarnos:

  • ¿Qué estoy sintiendo en este momento?
  • ¿Qué situación ha desencadenado esta emoción?
  • ¿Qué es lo que más me está afectando?
  • ¿Qué necesito ahora?

No siempre encontraremos una respuesta inmediata. Lo importante es empezar a observar nuestra experiencia sin juzgarnos por sentir lo que sentimos.

2. Identificar las señales del cuerpo

Las emociones no aparecen únicamente en nuestros pensamientos. También se manifiestan físicamente.

Cuando estamos ansiosos, podemos sentir tensión muscular, aceleración del corazón, presión en el pecho o inquietud.

Cuando estamos enojados, podemos notar que apretamos la mandíbula, elevamos la voz o sentimos tensión en el cuerpo.

Cuando estamos tristes, podemos experimentar cansancio, pesadez o falta de energía.

Reconocer estas señales es importante porque la activación emocional suele aumentar progresivamente.

Podemos comenzar sintiendo una pequeña tensión. Después aparece la irritabilidad, seguida de pensamientos cada vez más negativos. Si no identificamos lo que ocurre, podemos llegar a un punto en el que nos resulte mucho más difícil responder de manera consciente.

Por eso, detectar las primeras señales de una emoción puede ayudarnos a intervenir antes de llegar al desbordamiento emocional.

Podemos preguntarnos:

“¿Qué está pasando en mi cuerpo? ¿Estoy empezando a tensarme? ¿Mi voz está cambiando? ¿Estoy sintiendo la necesidad de reaccionar inmediatamente?”

Cuanto más familiarizados estemos con nuestras señales, más oportunidades tendremos de hacer una pausa y elegir cómo actuar.

3. Revisar nuestros pensamientos e interpretaciones

La regulación emocional también implica aprender a observar nuestros pensamientos antes de actuar.

Cuando una emoción es muy intensa, podemos interpretar las situaciones de una manera más rígida o negativa.

Por ejemplo, alguien no responde a nuestro mensaje y comenzamos a pensar:

“No le importo”.

“Está molesto conmigo”.

“Seguro hice algo mal”.

Estos pensamientos pueden aumentar nuestra ansiedad y llevarnos a buscar explicaciones precipitadamente.

Pero sentir ansiedad no significa que nuestra interpretación sea necesariamente cierta.

Podemos detenernos y decirnos:

“Estoy sintiendo ansiedad. Mi mente está intentando encontrar una explicación, pero todavía no tengo toda la información”.

Esto no significa negar nuestras emociones ni convencernos de que todo está bien.

Significa distinguir entre lo que sentimos, lo que pensamos y lo que realmente sabemos.

Podemos sentirnos rechazados sin que necesariamente nos estén rechazando. Podemos sentir miedo sin que exista un peligro inmediato. Podemos sentirnos incapaces sin que eso signifique que realmente lo seamos.

La emoción es real, pero la interpretación que hacemos de la situación puede necesitar ser revisada.

Aprender a cuestionar nuestras primeras conclusiones nos permite responder con mayor claridad y evitar que una interpretación automática determine nuestras decisiones.

4. Aprender a tolerar el malestar

Otra idea importante es que no todas las emociones tienen que desaparecer rápidamente.

Vivimos en una época en la que muchas veces buscamos sentirnos bien todo el tiempo. Si estamos ansiosos, queremos dejar de estarlo inmediatamente. Si estamos tristes, intentamos distraernos. Si algo nos incomoda, buscamos solucionarlo cuanto antes.

Sin embargo, parte de la regulación emocional consiste en aprender a tolerar cierto nivel de malestar sin reaccionar impulsivamente para eliminarlo.

Sentir incomodidad no significa necesariamente que algo esté mal ni que debamos abandonar lo que estamos haciendo.

Podemos estar nerviosos y hablar en público.

Podemos sentir tristeza y permitirnos llorar.

Podemos experimentar miedo y avanzar poco a poco.

Podemos sentir frustración y buscar otra estrategia.

Podemos atravesar una situación incómoda sin tener que resolverla de inmediato.

Esto no significa soportar situaciones dañinas ni ignorar nuestras necesidades. Significa aprender a diferenciar entre un malestar que podemos tolerar y una situación que requiere un cambio, un límite o ayuda.

La capacidad de tolerar emociones difíciles aumenta cuando dejamos de interpretarlas como algo que necesariamente debemos eliminar de inmediato.

A veces, en lugar de preguntarnos cómo dejar de sentir una emoción, podemos preguntarnos:

“¿Puedo permitir que esta emoción esté presente mientras decido qué hacer?”

5. Elegir qué necesitamos en cada momento

No existe una única estrategia para todas las emociones ni para todas las situaciones.

A veces necesitamos respirar, hacer una pausa o caminar para disminuir la activación. En otros momentos necesitamos descansar, hablar con alguien de confianza, establecer límites o resolver un problema concreto.

También podemos necesitar organizar nuestras actividades, cambiar una situación que nos está haciendo daño o simplemente permitirnos un momento para sentir.

Por eso, regular emocionalmente no consiste en repetir una técnica de relajación cada vez que experimentamos una emoción.

Consiste en aprender a preguntarnos:

“¿Qué está ocurriendo conmigo y qué respuesta sería útil en este momento?”

Porque no siempre necesitamos calmarnos. A veces necesitamos actuar.

Si estamos ante una situación injusta, quizá necesitamos establecer un límite.

Si estamos tristes por una pérdida, quizá necesitamos permitirnos sentir y buscar apoyo.

Si estamos ansiosos ante una situación que podemos afrontar, quizá necesitamos avanzar gradualmente en lugar de evitarla.

Si estamos agotados, quizá necesitamos descansar.

La regulación emocional implica aprender a responder con flexibilidad, teniendo en cuenta lo que sentimos, las circunstancias y las consecuencias de nuestras acciones.

No siempre vamos a regular nuestras emociones de la mejor manera

Aprender a regular nuestras emociones no significa que nunca perderemos la paciencia, lloraremos, gritaremos o reaccionaremos de una manera que después lamentemos.

Somos seres humanos y habrá momentos en los que la intensidad de nuestras emociones supere temporalmente nuestra capacidad para manejarlas.

Lo importante es qué hacemos después y qué aprendemos de esas experiencias.

Podemos reconocer:

“Reaccioné de una manera que no fue adecuada”.

“Estaba demasiado activado y no supe cómo manejar lo que sentía”.

“Necesito reparar lo que hice y aprender a reconocer antes las señales”.

Reconocer un error no significa castigarnos ni definirnos por una reacción puntual. Significa asumir la responsabilidad por nuestra conducta y buscar maneras de responder mejor en el futuro.

Si hemos lastimado a alguien, podemos disculparnos y reparar el daño cuando sea posible. Si hemos reaccionado impulsivamente, podemos revisar qué desencadenó esa reacción y qué podríamos hacer de manera diferente la próxima vez.

Eso también forma parte de la regulación emocional.

No se trata de exigirnos perfección emocional, sino de desarrollar progresivamente una mayor capacidad para comprendernos y responder de manera consciente.

Para concluir

Regular nuestras emociones no significa dejar de sentirlas.

Significa aprender a reconocerlas, comprender lo que nos comunican y decidir cómo responder a ellas, en lugar de reaccionar automáticamente.

No siempre podremos elegir lo que sentimos, pero podemos aprender a elegir qué hacemos con aquello que sentimos.

No se trata de alcanzar una perfección emocional ni de mantener la calma en todo momento. Se trata de desarrollar, poco a poco, una mayor capacidad para responder de manera consciente, flexible y saludable.

Porque regular nuestras emociones no es dejar de sentir, sino aprender a sentir sin permitir que nuestras emociones dirijan automáticamente nuestras decisiones.

Y esa es una habilidad que podemos seguir desarrollando a lo largo de nuestra vida.


lunes, 28 de septiembre de 2026

Cuando comemos para calmar la ansiedad


 

¿Te ha pasado que estás preocupado, estresado o ansioso y, de pronto, sientes unas ganas enormes de comer?

No necesariamente porque tengas hambre. Tal vez acabas de comer, pero aparece ese deseo de comer algo dulce, una galleta, chocolate, papitas, pan… y piensas: “Solo voy a comer un poquito”. Y cuando te das cuenta, ya terminaste comiendo mucho más de lo que tenías pensado.

Después puede aparecer la culpa: “¿Por qué hice esto otra vez?”, “No tengo fuerza de voluntad” o “Mañana voy a empezar la dieta nuevamente”.

Pero hoy quiero que miremos este comportamiento desde otro lugar.

Porque muchas veces no estamos comiendo solamente para alimentar nuestro cuerpo; estamos intentando regular lo que sentimos.

 ¿Qué significa comer para calmar la ansiedad?

Primero tenemos que diferenciar el hambre física del hambre emocional.

El hambre física generalmente aparece de manera progresiva. Nuestro cuerpo nos va dando señales: vacío en el estómago, falta de energía, sensación de hambre.

En cambio, cuando comemos como respuesta a la ansiedad, muchas veces el deseo aparece de manera repentina y está dirigido hacia determinados alimentos.

Por ejemplo: “Necesito chocolate.”

No es simplemente “tengo hambre y cualquier alimento me sirve”. Es: “necesito ese chocolate, esa galleta o ese postre ahora mismo”.

¿Por qué ocurre?  Porque comer puede producir una sensación momentánea de placer, alivio o distracción. Entonces nuestro cerebro aprende algo muy sencillo: “Cuando me siento mal, comer me ayuda a sentirme mejor.”

Y así puede comenzar un círculo:

Ansiedad → deseo de comer → consumo → alivio momentáneo → culpa o malestar → nuevamente ansiedad.

 

Otro ejemplo.  

Imaginemos a una persona que tuvo un día difícil. En el trabajo tuvo problemas, recibió una crítica de su jefe, discutió con su pareja y llegó a casa cansada.

Se sienta frente al televisor y piensa:

“Hoy ha sido un día horrible. Me voy a comer algo para relajarme.”

Abre la refrigeradora, encuentra un postre y comienza a comer.

Mientras come piensa: “Esto me hace sentir mejor.”

Y efectivamente, durante unos minutos siente placer y disminuye la tensión.

El problema es que el alimento no resolvió aquello que generó la ansiedad.

El problema del trabajo continúa.

La discusión continúa.

El cansancio continúa.

Entonces podemos decir que la comida funcionó como un calmante emocional momentáneo, pero no como una solución al problema.  Y esto es importante entenderlo sin juzgarnos.

 

Pero a veces no se trata simplemente de “tener fuerza de voluntad”

A veces escuchamos frases como:  “Solo tienes que controlarte.”   “Si realmente quisieras bajar de peso, no comerías eso.”

La conducta alimentaria es mucho más compleja que simplemente decidir “como” o “no como”.

En momentos de estrés o ansiedad, nuestro sistema emocional puede buscar rápidamente algo que proporcione alivio.

Por eso, decirle a una persona “simplemente no comas” puede ser poco útil.

Tenemos que preguntarnos: ¿Qué está intentando regular esa persona a través de la comida?

Puede ser ansiedad.

Puede ser aburrimiento.

Puede ser soledad.

Puede ser tristeza.

Puede ser frustración.

Puede ser cansancio.

Incluso puede ser una manera de darse un pequeño premio después de un día difícil.

 

Entonces ¿Cómo saber si estoy comiendo por ansiedad?   Podemos hacernos algunas preguntas.

Primero:

¿Tengo hambre física o apareció de repente el deseo de comer?

Segundo:

¿Me comería cualquier alimento o estoy buscando específicamente uno?

Por ejemplo, si acabas de almorzar y dices:

“No tengo hambre, pero necesito comer algo dulce”,  vale la pena detenerse y observar qué está ocurriendo.

Tercero:

¿Qué estaba sintiendo justo antes de querer comer?

Quizás estabas preocupado.

Quizás tuviste una discusión.

Quizás estabas aburrido.

Quizás estabas trabajando durante muchas horas.

 Y una cuarta pregunta:

¿Qué espero conseguir al comer esto?

Puede ser:

“Quiero relajarme.”

“Quiero distraerme.”

“Quiero dejar de pensar.”

“Quiero sentir placer.”

Esta última pregunta es especialmente importante porque nos permite descubrir que quizás la necesidad real no es comer, sino regular una emoción.

 

Entonces, ¿Qué podemos hacer?  No se trata de prohibirnos todos los alimentos que disfrutamos.

Comer también puede ser una experiencia placentera y saludable.

El objetivo es aprender a reconocer cuándo estamos comiendo por hambre y cuándo estamos utilizando la comida principalmente para manejar una emoción.

Una estrategia sencilla es hacer una pausa de unos minutos.  

 No para decirnos:  “No puedo comer”, sino para preguntarnos:  “¿Qué necesito en este momento?”

Quizás necesito comer.

Pero quizás necesito descansar.

Necesito hablar con alguien.

Necesito salir a caminar.

Necesito respirar.

Necesito resolver algo que estoy evitando.

Necesito llorar.

Necesito poner un límite.

O simplemente necesito dormir.

 

Una pequeña herramienta

Podemos utilizar esta secuencia:

PARO – OBSERVO – IDENTIFICO – ELIJO.

Paro: hago una pausa antes de comer impulsivamente.

Observo: ¿qué está pasando en mi cuerpo y en mi mente?

Identifico: ¿qué estoy sintiendo? ¿Ansiedad, tristeza, aburrimiento, frustración?

Elijo: ¿qué puedo hacer para atender esa necesidad?

Por ejemplo: “Estoy muy ansiosa y quiero comer chocolate.”

En lugar de decir: “No puedo comer chocolate.”

puedo decir: “Estoy sintiendo ansiedad. Antes de decidir, voy a respirar, tomar agua y caminar diez minutos. Después voy a decidir si realmente quiero comer.”

La diferencia es importante.

No estamos luchando contra nosotros mismos. Estamos aprendiendo a elegir.

Finalmente, algo fundamental:

Si un día comemos más de lo que queríamos, no necesitamos castigarnos.

No necesitamos pensar:  “Ya arruiné todo.”

Ni: “Mañana no voy a comer nada.”

Ni hacer ejercicio como castigo.

Porque la culpa puede aumentar nuevamente la ansiedad y volver a alimentar el mismo ciclo.

Es mucho más útil preguntarnos:

“¿Qué ocurrió antes de que comiera de esta manera?”

Quizás encontramos que llevábamos varios días durmiendo mal.

O que estábamos atravesando una situación difícil.

O que habíamos restringido demasiado la alimentación.

O que estábamos acumulando emociones.

Entonces el episodio se convierte en información.

No es un fracaso; es una oportunidad para conocernos mejor.

Una reflexión importante: La comida puede proporcionar placer, pero no debería convertirse en nuestra única estrategia para sentirnos mejor.

Si cada vez que estamos ansiosos recurrimos a comer, poco a poco podemos reducir nuestro repertorio de estrategias para manejar las emociones.

Por eso necesitamos construir otras formas de regulación emocional.

-Hablar.

-Descansar.

-Mover el cuerpo.

-Respirar.

-Resolver problemas.

-Buscar apoyo.

-Aprender a tolerar el malestar.

-Y también aprender a reconocer nuestras necesidades.

Porque una emoción desagradable no necesariamente necesita desaparecer inmediatamente.

A veces necesitamos aprender a decir: “Estoy ansioso y puedo tolerar esta sensación sin tener que hacer algo impulsivamente para que desaparezca.”

La próxima vez que tengas unas ganas repentinas de comer, especialmente cuando no tienes hambre física, antes de juzgarte haz una pausa y pregúntate:

¿Qué estoy sintiendo?

¿Qué necesito realmente?   Y una pregunta todavía más profunda:

“Si la comida no fuera una opción en este momento, ¿qué necesitaría hacer para sentirme un poco mejor?”

Quizás ahí encontremos la verdadera necesidad.

Y recuerda:  No se trata de dejar de comer para calmar la ansiedad. Se trata de aprender a no necesitar siempre la comida para calmarla.

Si sientes que comer emocionalmente se ha vuelto frecuente, difícil de controlar o está acompañado de mucha culpa o malestar, buscar ayuda psicológica y, cuando corresponda, busca ayuda nutricional, ello puede ser una buena manera de comprender qué está ocurriendo y desarrollar estrategias más saludables.

 

jueves, 3 de septiembre de 2026

Edipo: el vínculo entre hijo y madre

¿Alguna vez te has preguntado por qué la relación entre una madre y su hijo puede ser tan intensa, cercana y, a veces, también conflictiva?

Existe un concepto muy conocido dentro de la psicología: el complejo de Edipo, planteado por Sigmund Freud dentro de su teoría del desarrollo psicosexual. 

Y se refiere a un momento del desarrollo infantil y a la manera en que el niño va construyendo sus vínculos afectivos, sus límites y su identidad.

Freud planteaba que, aproximadamente entre los 3 y los 6 años, el niño puede desarrollar un vínculo especialmente intenso con su madre y experimentar al padre como una figura que compite por la atención y el afecto de ella.

Es importante aclarar que esto no significa que el niño tenga una intención sexual adulta hacia su madre. Se trata de una formulación psicoanalítica sobre los afectos, deseos de cercanía, identificación y rivalidad propios de una determinada etapa infantil.

Por ejemplo, un niño puede querer que mamá sea exclusivamente para él, molestarse cuando ella presta atención al papá o decir: “Cuando sea grande me voy a casar con mamá”.

Desde la mirada infantil, esto puede expresar un deseo de exclusividad y de cercanía: “Mamá es muy importante para mí y quiero tenerla cerca”.

¿Y qué ocurre entonces con el padre?

En la teoría de Freud, el padre representa progresivamente una figura que introduce un límite en esa relación exclusiva entre madre e hijo. El niño empieza a comprender que mamá tiene otros vínculos, otros intereses y una relación de pareja que no gira alrededor de él.

Este proceso, desde la perspectiva psicoanalítica, ayuda al niño a comprender que no puede ser el centro absoluto del mundo de su madre.

Y aquí aparece un elemento fundamental: la identificación.

El niño puede comenzar a identificarse con el padre, incorporando características, normas y formas de relacionarse. De esta manera, progresivamente, deja de competir con él y empieza a tomarlo como una referencia.

Ahora bien, es importante señalar que actualmente existen diferentes perspectivas psicológicas sobre el desarrollo infantil y que el complejo de Edipo no es considerado una explicación científica universalmente aceptada del desarrollo. Es un concepto que debemos entender dentro del contexto histórico del psicoanálisis.

Sin embargo, hay algo que sí resulta interesante para pensar nuestras relaciones: la forma en que aprendemos a vincularnos dentro de nuestra familia puede influir posteriormente en nuestras relaciones afectivas.

Y aquí llegamos a una parte muy importante: ¿qué puede ocurrir cuando esa relación entre madre e hijo permanece excesivamente fusionada durante la vida adulta?

Una relación cercana entre un adulto y su madre no tiene nada de malo. El problema aparece cuando existen límites poco claros, dependencia emocional o una dificultad para diferenciar el amor de la obligación.

Por ejemplo, un hijo adulto puede sentir que tiene que estar siempre disponible para su madre, consultarle absolutamente todas sus decisiones, cubrirle algunas de sus necesidades o sentirse culpable cuando prioriza sus propios objetivos.

Y escucha, esto puede hacerse especialmente visible cuando aparece una pareja.

Imaginemos a un hombre que comienza una relación y, cada vez que existe un conflicto entre su pareja y su madre, automáticamente se coloca del lado de la madre.

O se comporta como alguien que necesita contarle a su madre detalles íntimos de su relación.

O permite que ella (la madre) opine constantemente sobre cómo debe vivir, dónde debe vivir, cómo debe administrar su dinero, incluso opinar sobre cómo comportarse o como tratar a su pareja o cómo debe educar a sus hijos.

También puede ocurrir que la madre sea la primera persona a la que llama para contarle todo, incluso antes que, a su pareja, o que sus decisiones importantes dependan de su aprobación.

Y ojo, aquí hay algo que puede generar mucho sufrimiento en la pareja: la tercera persona empieza a sentirse como una invitada dentro de su propia relación.

La pareja puede comenzar a preguntarse:

“¿Con quién estoy realmente construyendo mi vida?”

“¿Por qué siento que siempre tengo que competir con su madre?”

“¿Por qué la opinión de ella pesa más que la mía?”

“¿Por qué no me siento como una esposa?”

Y lamentablemente muchas veces esto no aparece desde el comienzo.

Una persona puede enamorarse, convivir, casarse e incluso tener hijos antes de darse cuenta de que existe una dinámica familiar en la que ella nunca ocupará realmente un lugar prioritario.

Por eso es importante observar algunas señales de alerta. Veamos:

Primera: que la pareja no pueda tomar decisiones importantes sin la aprobación de su madre.

Segunda: que se sienta excesivamente culpable cuando dice “no” a su madre.

Tercera: que la madre tenga acceso permanente a información íntima de la relación y que la pareja sienta que sus asuntos privados terminan siendo conocidos por ella.

Cuarta: que la pareja no pueda establecer límites porque aparece inmediatamente el argumento: “Es mi mamá, no la puedo contradecir”.

Quinta: que, frente a un conflicto entre la pareja y la madre, la persona nunca pueda escuchar a ambas partes y automáticamente descalifique o culpe a su pareja.

Otra señal de alerta aparece cuando una persona espera que su pareja haga por ella lo que siempre hizo su madre: cuidarlo, tranquilizarlo, resolverle problemas, o que le satisfaga necesidades emocionales que nunca ha aprendido a gestionar por sí mismo.

Pero atención: tener una madre muy presente no significa necesariamente tener un complejo de Edipo no resuelto.

La verdadera pregunta es:

¿Existe autonomía? ¿Existen límites? ¿Puede esta persona construir una relación de pareja sin sentirse atrapada entre su pareja y su madre?

Porque una relación adulta saludable no exige abandonar a la familia de origen. Lo que exige es poder establecer nuevas prioridades y nuevos límites.

Cuando una persona forma una pareja, no tiene que dejar de ser hijo o hija. Pero sí necesita poder convertirse también en un adulto autónomo capaz de tomar decisiones sobre su propia vida.

Y si ya existe este problema dentro de una relación, la solución tampoco consiste en decir: “Tu madre es el problema”.

Eso probablemente genere más resistencia.

Es mucho más útil trabajar preguntas como:

¿Qué sientes cuando intentas ponerle un límite a tu madre?

¿Qué temes que ocurra si no haces lo que ella espera?

¿Puedes diferenciar entre sentir culpa y estar haciendo algo malo?

Y para la pareja, también es importante preguntarse:

¿Estoy pidiendo que mi pareja abandone a su familia o estoy pidiendo límites saludables dentro de nuestra relación?

Son cosas muy diferentes.

En algunos casos, la terapia individual puede ayudar a trabajar la autonomía, la culpa y la dependencia emocional. Y cuando el problema ya está afectando seriamente la relación, la terapia de pareja puede ayudar a establecer límites, acuerdos y nuevas formas de comunicación.

Porque finalmente, una relación de pareja saludable no consiste en elegir entre “mamá o mi pareja”.

Consiste en aprender que cada vínculo tiene su propio lugar.

Una madre puede seguir siendo una persona fundamental en la vida de su hijo. Pero ese hijo adulto también tiene derecho a construir su propia vida, tomar sus propias decisiones y formar una relación de pareja sin sentirse permanentemente dividido.

Y para quienes están iniciando una relación, quizá una de las mejores recomendaciones sea esta: no observes solamente cómo te trata tu pareja cuando todo está bien; observa cómo establece límites con su familia cuando aparece un conflicto.

Ahí puedes conocer mucho de su capacidad de autonomía.

Porque amar a nuestra familia de origen no debería impedirnos construir una familia propia, una pareja y una vida propias.

Y quizá esta sea una de las grandes tareas de la adultez: aprender a estar cerca de quienes amamos sin perder nuestra propia identidad.

Ps. Rocxana Croce P.


 

jueves, 13 de agosto de 2026

VIH: más allá del virus, el peso del estigma


¿Qué puede ser más difícil para una persona que vive con VIH: enfrentar el virus o enfrentar el miedo al rechazo de los demás?

Porque cuando hablamos de VIH, no solamente hablamos de una condición de salud. También hablamos de emociones, relaciones, autoestima, sexualidad y, sobre todo, de estigma.

VIH NO ES LO MISMO QUE SIDA

Primero, aclaremos algo importante: VIH y sida no son lo mismo.

El VIH es el virus de la inmunodeficiencia humana. Cuando una persona adquiere el VIH, el virus afecta su sistema inmunológico.

Pero actualmente existen tratamientos que permiten controlar el virus y que las personas que viven con VIH puedan llevar una vida larga y saludable.

El sida, en cambio, es una etapa avanzada de la infección por VIH que puede aparecer cuando la infección no ha sido tratada adecuadamente.

¿Por qué comienzo haciendo esta aclaración? Porque todavía existen muchas ideas antiguas y equivocadas alrededor del VIH.

Y cuando existe desinformación, fácilmente aparecen el miedo y los prejuicios.

Aquí aparece una palabra muy importante: Estigma

El estigma ocurre cuando una persona es etiquetada negativamente debido a una característica, condición o situación.

En el caso del VIH, puede aparecer cuando pensamos que una persona con VIH necesariamente ha tenido determinadas conductas sexuales, cuando asumimos que sabemos cómo adquirió el virus o cuando creemos que debemos mantenernos alejados de ella.

Incluso todavía hay personas que creen que pueden adquirir el VIH por abrazar a alguien, compartir un vaso, sentarse a su lado o utilizar el mismo baño.

Y no es así.

El VIH no se transmite por esos contactos cotidianos.

Pero el problema es que estos prejuicios no solamente generan discriminación. También pueden tener consecuencias psicológicas importantes.

Por ejemplo, una persona puede sentir tanto miedo de ser rechazada que prefiera no contarle a nadie su diagnóstico.

Incluso puede evitar hacerse una prueba por temor a descubrir el resultado.

Y aquí vemos cómo el estigma puede convertirse en una barrera para el cuidado de la propia salud.

EL MIEDO AL RECHAZO

Imaginemos por un momento que una persona recibe un diagnóstico de VIH.

Es posible que inicialmente sienta miedo, preocupación, tristeza o incertidumbre.

Y eso es comprensible.

Pero quizá aparece otro tipo de miedo:

“¿Qué van a pensar de mí?”

“¿Mi pareja me va a dejar?”

“¿Mi familia me va a rechazar?”

“¿Podré volver a tener una relación?”

“¿Alguien querrá estar conmigo?”

Entonces podemos comprender que el impacto psicológico de un diagnóstico no depende únicamente de la condición médica.

También depende de cómo creemos que los demás van a reaccionar frente a ella.

Y para algunas personas, ese miedo al rechazo puede llegar a ser tan intenso que comienzan a aislarse, a ocultar información importante o a cuestionar su propio valor.

EL ESTIGMA Y LA SALUD MENTAL

Cuando una persona siente que debe esconder una parte importante de su vida por miedo a ser juzgada, puede experimentar ansiedad, tristeza, vergüenza, culpa o soledad.

Y existe otro riesgo: comenzar a pensar que el diagnóstico define quién es.

Por eso quiero hacer una distinción muy sencilla, pero muy importante:

Una persona tiene VIH, pero no “es” el VIH.

Su diagnóstico es una condición de salud. No define su personalidad, sus capacidades, sus valores, su capacidad para amar ni su valor como ser humano.

Parece una diferencia pequeña, pero psicológicamente es enorme.

VIH Y RELACIONES DE PAREJA

Otro tema que puede generar mucha preocupación son las relaciones de pareja.

Una persona que vive con VIH puede preguntarse:

“¿Cuándo se lo digo?”

“¿Cómo se lo digo?”

“¿Me rechazará?”

“¿Pensará que le he mentido?”

Estas preguntas pueden generar mucha ansiedad.

Y aquí es importante hablar de responsabilidad, pero también diferenciarla de la culpa.

La sexualidad implica responsabilidad, comunicación y cuidado mutuo.

Conocer nuestro estado de salud sexual y hablar de estos temas con la pareja forma parte de ese cuidado.

Pero responsabilidad no significa culpabilidad.

Tener VIH no convierte a una persona en culpable ni en alguien moralmente inferior.

Y tampoco deberíamos asumir automáticamente cómo adquirió el virus.

Ese tipo de juicios es precisamente una de las formas en que funciona el estigma.

UNA VIDA CON VIH

También es importante saber que un diagnóstico de VIH no significa que la vida se haya terminado.

Con diagnóstico oportuno y tratamiento adecuado, las personas que viven con VIH pueden mantener una buena calidad de vida.

La información científica es una de las mejores herramientas para combatir el miedo.

Porque cuando conocemos la realidad, podemos reemplazar los prejuicios por conocimiento y el miedo por una actitud más responsable.

¿CÓMO PODEMOS DISMINUIR EL ESTIGMA?

No necesitamos ser especialistas para contribuir.

Primero, informarnos.

Muchas veces el prejuicio nace de información antigua o incorrecta.

Segundo, cuidar nuestro lenguaje.

Las palabras importan.

No es lo mismo hablar de una persona desde el respeto que reducirla a su diagnóstico.

Tercero, respetar su privacidad.

No tenemos derecho a divulgar la información de salud de otra persona ni a convertir su diagnóstico en un tema de conversación.

Y cuarto, recordar algo muy sencillo:

Una persona con VIH sigue siendo una persona.

Tiene sentimientos, proyectos, miedos, sueños, familia, trabajo, relaciones y una historia que va mucho más allá de su diagnóstico.

SI ESTÁS VIVIENDO CON VIH

Y quiero dedicar unos minutos especialmente a ti que quizá estás leyendo este articulo y vives con VIH.

Tal vez algunas de las cosas que he mencionado te resulten familiares.

Quizás has sentido miedo, vergüenza, culpa, tristeza o preocupación por lo que otras personas puedan pensar de ti.

Quizás incluso has pensado:

“¿Quién va a querer estar conmigo ahora?”

“¿Cómo voy a contarle esto a alguien que quiero?”

Si te has sentido así, quiero decirte algo importante:

Tus emociones son comprensibles.

Recibir un diagnóstico puede generar un impacto emocional importante y no tienes que obligarte a sentirte bien inmediatamente.

Date permiso para procesar lo que estás viviendo.

Pero intenta también diferenciar entre lo que estás sintiendo y lo que realmente eres.

Puedes sentir vergüenza sin ser una persona vergonzosa.

Puedes sentir miedo sin que tu futuro esté perdido.

Puedes sentir tristeza sin que eso signifique que no volverás a ser feliz.

Y puedes vivir con VIH sin que el VIH defina quién eres.

No tienes que atravesar este proceso completamente solo.

Busca personas en las que puedas confiar, que puedan escucharte sin juzgarte. Mantén también el acompañamiento de los profesionales de salud que correspondan para recibir información, tratamiento y orientación adecuados.

Y si notas que la tristeza, la ansiedad, la culpa o el miedo están interfiriendo con tu vida cotidiana, tus relaciones, tu trabajo o tu capacidad para cuidarte, buscar apoyo psicológico puede ser una buena decisión.

La terapia puede ayudarte a procesar emocionalmente el diagnóstico, trabajar el miedo al rechazo, fortalecer tu autoestima y aprender a manejar las emociones que puedan aparecer.

También quiero recordarte algo importante:

Tu diagnóstico forma parte de tu intimidad.

No tienes que contárselo a todo el mundo. Puedes decidir con quién compartir información sobre tu salud y cuándo hacerlo, teniendo en cuenta las responsabilidades de salud sexual que correspondan.

Y si alguna persona te rechaza por vivir con VIH, recuerda que ese rechazo no determina tu valor como persona.

No permitas que el estigma de los demás se convierta en la manera en que tú te miras a ti mismo.

Tu diagnóstico forma parte de tu historia, pero no es toda tu historia.

Sigues siendo tú: con tus capacidades, tus vínculos, tus proyectos, tus sueños y tu derecho a construir una vida plena.

Y, para terminar, quiero que nos quedemos con una idea:

Cuando hablamos del VIH, hablamos de un virus, sí.

Pero también hablamos de miedo, prejuicios, discriminación, autoestima, relaciones, sexualidad y salud mental.

Por eso, combatir el VIH también implica combatir la desinformación y el estigma que todavía existe alrededor de él.

Una sociedad más informada es una sociedad menos prejuiciosa.

Y una persona que recibe un diagnóstico de VIH no debería tener que enfrentarse, además de a una condición de salud, al rechazo de los demás.

Así que la próxima vez que escuches un comentario discriminatorio o una información falsa sobre el VIH, recuerda que puedes hacer algo muy sencillo: informarte, cuestionar el prejuicio y no reproducir el estigma.

Porque detrás de cada diagnóstico hay una persona.

Una persona que merece respeto, privacidad, cuidado y la posibilidad de continuar con su vida y sus proyectos.

Y recuerda: un diagnóstico puede formar parte de tu historia, pero nunca tiene por qué convertirse en toda tu identidad.

Ps. Rocxana Croce P.

Masking y fatiga emocional: cuando aparentar estar bien termina agotándote

 


¿Alguna vez has sonreído cuando en realidad querías llorar? ¿Has dicho "todo está bien" aunque por dentro te sintieras agotado o preocupado?

Si tu respuesta es sí, probablemente hayas experimentado algo conocido como masking o enmascaramiento emocional.

Aunque muchas personas lo hacen de forma ocasional, cuando se convierte en un hábito puede generar un gran desgaste emocional.

En este episodio hablaremos acerca del masking y la fatiga emocional, cuando aparentar estar bien termina agotándote.

¿Qué es el masking?

El masking consiste en ocultar o modificar la manera en que realmente pensamos, sentimos o actuamos para adaptarnos a las expectativas de los demás o evitar ser juzgados.

No siempre es algo consciente. Muchas personas aprenden desde pequeñas que expresar ciertas emociones puede ser mal visto o generar rechazo. Como resultado, desarrollan estrategias para aparentar tranquilidad, felicidad o seguridad, aunque internamente estén viviendo algo muy diferente.

Por ejemplo:

  • Sonreír cuando se siente tristeza.
  • Decir "no pasa nada" cuando algo sí ha dolido.
  • Mostrar entusiasmo en reuniones sociales, aunque se esté muy agotado o incomodo.
  • Evitar expresar opiniones por miedo a ser criticado.
  • Esforzarse constantemente por parecer fuerte o exitoso.

En algunos casos, el masking también es una estrategia frecuente en personas con autismo, TDAH u otras condiciones del neurodesarrollo para adaptarse a entornos sociales. Sin embargo, cualquier persona puede experimentar este tipo de enmascaramiento.

¿Por qué hacemos masking?

Existen muchas razones. Entre las más comunes están:

  • Miedo al rechazo.
  • Deseo de ser aceptado.
  • Evitar conflictos.
  • Presión laboral o académica.
  • Creencias como "debo ser fuerte" o "no debo mostrar mis emociones".
  • Experiencias pasadas donde expresar sentimientos tuvo consecuencias negativas.

Aunque estas estrategias pueden parecer útiles a corto plazo, mantenerlas durante mucho tiempo suele tener un costo importante.

¿Qué es la fatiga emocional?

La fatiga emocional es un estado de agotamiento psicológico que aparece cuando una persona ha estado enfrentando estrés, preocupaciones o un esfuerzo emocional constante durante un tiempo prolongado.

No significa simplemente estar cansado. Es la sensación de que la energía emocional se ha agotado.

Algunas señales incluyen:

  • Sentirse cansado incluso después de descansar.
  • Irritabilidad o cambios de humor frecuentes.
  • Dificultad para concentrarse.
  • Falta de motivación.
  • Sensación de estar "vacío" emocionalmente.
  • Menor paciencia con los demás.
  • Necesidad de aislarse para recuperar energía.

¿Cómo se relacionan el masking y la fatiga emocional?

Imagina que durante todo el día interpretas un personaje. Debes controlar tus expresiones, tus palabras, tus gestos y tus emociones para que nadie note cómo realmente te encuentras.

Ese esfuerzo requiere mucha energía.

Con el paso del tiempo, sostener esa "máscara" puede generar un desgaste considerable. La persona puede terminar sintiendo que vive para cumplir expectativas ajenas y que ha perdido contacto con lo que realmente siente.

Por eso, el masking prolongado puede convertirse en un factor que favorece la aparición de fatiga emocional.

¿Cómo saber si estás haciendo masking?

No siempre resulta fácil identificarlo. Algunas preguntas pueden ayudarte a reflexionar:

¿Sientes que debes actuar diferente según con quién estés?

¿Te cuesta expresar cuando algo te molesta?

¿Temes que los demás te rechacen si muestras cómo te sientes?

¿Al finalizar reuniones sociales o laborales te sientes completamente agotado?

¿Con frecuencia dices que estás bien, aunque no sea cierto?

Responder "sí" a varias de estas preguntas no significa necesariamente que exista un problema, pero puede ser una invitación a observar cómo estás viviendo tus relaciones y cuánto esfuerzo haces para ocultar tus emociones.

¿Qué puedes hacer para cuidar tu bienestar?

No se trata de dejar de adaptarse por completo a las situaciones sociales. Todos regulamos nuestro comportamiento en determinados contextos. La diferencia está en que esa adaptación no implique perder nuestra autenticidad ni vivir en un esfuerzo constante.

Algunas estrategias que pueden ayudar son:

  • Reconocer cómo te sientes sin juzgarte.
  • Buscar personas con quienes puedas expresarte con confianza.
  • Permitirte descansar después de situaciones emocionalmente demandantes.
  • Importante es aprender a poner límites cuando sea necesario.
  • Practicar la autocompasión en lugar de exigirte ser perfecto.
  • Buscar apoyo psicológico si el agotamiento persiste o afecta tu calidad de vida.

 

Recuerda: Mostrar fortaleza no significa ocultar siempre lo que sentimos. Las emociones cumplen una función importante y expresarlas de manera saludable también es una forma de cuidarnos.

Si constantemente sientes que debes usar una máscara para encajar o agradar a los demás, quizá sea un buen momento para preguntarte cuánto esfuerzo te está costando mantener esa imagen.

Cuidar tu salud mental también implica darte permiso para ser auténtico, reconocer tus emociones y buscar espacios donde puedas sentirte aceptado tal como eres.

No siempre podemos evitar el estrés, pero sí podemos aprender a relacionarnos con nuestras emociones de una manera más amable y saludable.

 

 Hablemos del masking o enmascaramiento en el autismo

El esfuerzo invisible de muchas personas autistas.

En los últimos años se ha hablado cada vez más sobre el masking o enmascaramiento en el autismo. Aunque el término puede sonar nuevo, muchas personas autistas han descrito esta experiencia durante años: la necesidad de ocultar o modificar aspectos de sí mismas para adaptarse a las expectativas sociales.

A simple vista, una persona puede parecer desenvolverse "sin dificultades". Sin embargo, detrás de esa imagen puede haber un enorme esfuerzo mental y emocional que pocas personas perciben.

 

¿Qué significa el masking en el autismo?

El masking es el conjunto de estrategias que una persona autista utiliza para parecer neurotípica, es decir, para comportarse de acuerdo con lo que la sociedad considera una conducta "normal" en las interacciones sociales.

No significa que la persona esté fingiendo quién es. Más bien, está haciendo un esfuerzo constante por ocultar características propias del autismo para evitar críticas, burlas, discriminación o rechazo.

Muchas personas describen esta experiencia como si interpretaran un papel durante gran parte del día que termina siendo muy agotador.

¿Cómo puede manifestarse?

Cada persona autista es diferente, pero algunas formas frecuentes de masking incluyen:

  • Memorizar reglas sociales en lugar de comprenderlas de manera intuitiva.
  • Ensayar conversaciones antes de una reunión o encuentro.
  • Observar cómo actúan otras personas para imitarlas.
  • Forzarse a mantener contacto visual, aunque resulte incómodo.
  • Reprimir movimientos repetitivos o autoestimulaciones (conocidos como stimming), como balancearse, mover las manos o manipular objetos, porque temen ser juzgados.
  • Sonreír o mostrar expresiones faciales que no reflejan exactamente cómo se sienten.
  • Ocultar la sobrecarga sensorial para que los demás no la noten.
  • Hacer un gran esfuerzo por participar en conversaciones informales, aunque resulten agotadoras.

Desde fuera, estas conductas pueden pasar desapercibidas. Sin embargo, mantenerlas durante horas requiere una gran cantidad de energía.

¿Por qué muchas personas autistas hacen masking?

Las razones suelen estar relacionadas con experiencias de vida y con la forma en que la sociedad responde a la diferencia. Algunas de las más comunes son:

  • Evitar el rechazo o el aislamiento.
  • Reducir el riesgo de sufrir burlas o acoso.
  • Conseguir o mantener un empleo.
  • Adaptarse al entorno escolar o universitario.
  • Ser aceptadas socialmente.
  • Evitar que otras personas cuestionen sus capacidades.

En muchos casos, el masking comienza desde la infancia. Algunos niños aprenden que ciertas conductas generan correcciones constantes o comentarios negativos, por lo que empiezan a esconderlas para sentirse más seguros.

¿Qué consecuencias puede tener?

Aunque el masking puede ayudar a afrontar determinadas situaciones, mantenerlo de forma constante en el tiempo, puede tener un impacto importante en la salud mental.

Algunas consecuencias descritas por personas autistas y estudiadas en la investigación incluyen:

  • Fatiga emocional y mental.
  • Agotamiento después de actividades sociales.
  • Aumento de la ansiedad.
  • Estrés persistente.
  • Sensación de no poder ser uno mismo.
  • Baja autoestima.
  • Mayor riesgo de depresión.
  • En algunos casos, un estado de agotamiento profundo conocido como burnout autista, caracterizado por una disminución significativa de la energía, las capacidades para afrontar las demandas diarias y la tolerancia al estrés.

No todas las personas autistas experimentan estas consecuencias, pero reconocer esta posibilidad ayuda a comprender por qué algunas necesitan más tiempo para recuperarse después de situaciones sociales o entornos muy demandantes.

A veces se escucha la frase: "No parece autista". Sin embargo, esta impresión puede deberse precisamente al masking.

Una persona puede haber dedicado años a aprender estrategias para adaptarse, sin que eso signifique que el esfuerzo haya desaparecido. El hecho de que alguien mantenga una conversación sonría o haga contacto visual no excluye que sea autista ni refleja cuánto esfuerzo le supone hacerlo.

Por eso, es importante recordar que el autismo es una condición del neurodesarrollo con una gran diversidad de manifestaciones. No existe una única forma de ser autista.

¿Cómo podemos apoyar a una persona autista?

El apoyo no consiste en pedirle que haga más masking, sino en favorecer entornos donde no necesite ocultar quién es.

Algunas acciones sencillas pueden marcar la diferencia:

  • Respetar las diferentes formas de comunicarse.
  • No obligar al contacto visual si la persona no se siente cómoda.
  • Comprender que los movimientos repetitivos pueden ayudar a regular emociones o estímulos.
  • Dar tiempo suficiente para responder durante una conversación.
  • Evitar juzgar conductas que no hacen daño a nadie simplemente porque son diferentes.
  • Promover espacios donde la autenticidad sea valorada y respetada.

Un mensaje final

El masking en el autismo es, muchas veces, un esfuerzo invisible. Desde fuera puede parecer que todo marcha bien, mientras que por dentro la persona está dedicando una gran cantidad de energía a adaptarse a un entorno que no siempre comprende sus necesidades.

Visibilizar, informarnos para conocer más sobre el autismo nos ayuda a mirar más allá de las apariencias, reducir prejuicios y construir relaciones basadas en el respeto y la comprensión.

Aceptar la diversidad no significa esperar que todas las personas se comporten igual, sino reconocer que existen diferentes maneras de comunicarse, aprender, relacionarse y participar en el mundo.

Recuerda: Cuando los entornos son más inclusivos, muchas personas autistas pueden sentirse más seguras para mostrarse tal como son, disminuyendo la necesidad de recurrir al masking de forma constante.

Ps. Rocxana Croce P.

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