¿Alguna vez te has preguntado por qué la relación entre
una madre y su hijo puede ser tan intensa, cercana y, a veces, también
conflictiva?
Existe un concepto muy conocido dentro de la
psicología: el complejo de Edipo, planteado por Sigmund Freud dentro de su
teoría del desarrollo psicosexual.
Y se
refiere a un momento del desarrollo infantil y a la manera en que el niño va
construyendo sus vínculos afectivos, sus límites y su identidad.
Freud planteaba que, aproximadamente entre los 3 y los 6
años, el niño puede desarrollar un vínculo especialmente intenso con su madre y
experimentar al padre como una figura que compite por la atención y el afecto
de ella.
Es importante aclarar que esto no significa que el niño
tenga una intención sexual adulta hacia su madre. Se trata de una formulación
psicoanalítica sobre los afectos, deseos de cercanía, identificación y
rivalidad propios de una determinada etapa infantil.
Por ejemplo, un niño puede querer que mamá sea
exclusivamente para él, molestarse cuando ella presta atención al papá o decir:
“Cuando sea grande me voy a casar con mamá”.
Desde la mirada infantil, esto puede expresar un deseo de
exclusividad y de cercanía: “Mamá es muy importante para mí y quiero tenerla
cerca”.
¿Y qué ocurre entonces con el padre?
En la teoría de Freud, el padre representa progresivamente
una figura que introduce un límite en esa relación exclusiva entre madre e
hijo. El niño empieza a comprender que mamá tiene otros vínculos, otros
intereses y una relación de pareja que no gira alrededor de él.
Este proceso, desde la perspectiva psicoanalítica, ayuda al
niño a comprender que no puede ser el centro absoluto del mundo de su madre.
Y aquí aparece un elemento fundamental: la identificación.
El niño puede comenzar a identificarse con el padre,
incorporando características, normas y formas de relacionarse. De esta manera,
progresivamente, deja de competir con él y empieza a tomarlo como una
referencia.
Ahora bien, es importante señalar que actualmente existen
diferentes perspectivas psicológicas sobre el desarrollo infantil y que el
complejo de Edipo no es considerado una explicación científica universalmente
aceptada del desarrollo. Es un concepto que debemos entender dentro del
contexto histórico del psicoanálisis.
Sin embargo, hay algo que sí resulta interesante para pensar
nuestras relaciones: la forma en que aprendemos a vincularnos dentro de nuestra
familia puede influir posteriormente en nuestras relaciones afectivas.
Y aquí llegamos a una parte muy importante: ¿qué puede
ocurrir cuando esa relación entre madre e hijo permanece excesivamente
fusionada durante la vida adulta?
Una relación cercana entre un adulto y su madre no tiene
nada de malo. El problema aparece cuando existen límites poco claros,
dependencia emocional o una dificultad para diferenciar el amor de la
obligación.
Por ejemplo, un hijo adulto puede sentir que tiene que estar
siempre disponible para su madre, consultarle absolutamente todas sus
decisiones, cubrirle algunas de sus necesidades o sentirse culpable cuando
prioriza sus propios objetivos.
Y escucha, esto puede hacerse especialmente visible cuando
aparece una pareja.
Imaginemos a un hombre que comienza una relación y, cada vez
que existe un conflicto entre su pareja y su madre, automáticamente se coloca
del lado de la madre.
O se comporta como alguien que necesita contarle a su madre
detalles íntimos de su relación.
O permite que ella (la madre) opine constantemente sobre
cómo debe vivir, dónde debe vivir, cómo debe administrar su dinero, incluso
opinar sobre cómo comportarse o como tratar a su pareja o cómo debe educar a
sus hijos.
También puede ocurrir que la madre sea la primera persona a
la que llama para contarle todo, incluso antes que, a su pareja, o que sus
decisiones importantes dependan de su aprobación.
Y ojo, aquí hay algo que puede generar mucho sufrimiento en
la pareja: la tercera persona empieza a sentirse como una invitada dentro de su
propia relación.
La pareja puede comenzar a preguntarse:
“¿Con quién estoy realmente construyendo mi vida?”
“¿Por qué siento que siempre tengo que competir con su
madre?”
“¿Por qué la opinión de ella pesa más que la mía?”
“¿Por qué no me siento como una esposa?”
Y lamentablemente muchas veces esto no aparece desde el
comienzo.
Una persona puede enamorarse, convivir, casarse e incluso
tener hijos antes de darse cuenta de que existe una dinámica familiar en la que
ella nunca ocupará realmente un lugar prioritario.
Por eso es importante observar algunas señales de alerta.
Veamos:
Primera: que la pareja no pueda tomar decisiones
importantes sin la aprobación de su madre.
Segunda: que se sienta excesivamente culpable cuando dice
“no” a su madre.
Tercera: que la madre tenga acceso permanente a información
íntima de la relación y que la pareja sienta que sus asuntos privados terminan
siendo conocidos por ella.
Cuarta: que la pareja no pueda establecer límites porque
aparece inmediatamente el argumento: “Es mi mamá, no la puedo contradecir”.
Quinta: que, frente a un conflicto entre la pareja y la
madre, la persona nunca pueda escuchar a ambas partes y automáticamente
descalifique o culpe a su pareja.
Otra señal de alerta aparece cuando una persona espera que
su pareja haga por ella lo que siempre hizo su madre: cuidarlo, tranquilizarlo,
resolverle problemas, o que le satisfaga necesidades emocionales que nunca ha
aprendido a gestionar por sí mismo.
Pero atención: tener una madre muy presente no significa
necesariamente tener un complejo de Edipo no resuelto.
La verdadera pregunta es:
¿Existe autonomía? ¿Existen límites? ¿Puede esta persona
construir una relación de pareja sin sentirse atrapada entre su pareja y su
madre?
Porque una relación adulta saludable no exige abandonar a la
familia de origen. Lo que exige es poder establecer nuevas prioridades y nuevos
límites.
Cuando una persona forma una pareja, no tiene que dejar de
ser hijo o hija. Pero sí necesita poder convertirse también en un adulto
autónomo capaz de tomar decisiones sobre su propia vida.
Y si ya existe este problema dentro de una relación, la
solución tampoco consiste en decir: “Tu madre es el problema”.
Eso probablemente genere más resistencia.
Es mucho más útil trabajar preguntas como:
¿Qué sientes cuando intentas ponerle un límite a tu
madre?
¿Qué temes que ocurra si no haces lo que ella espera?
¿Puedes diferenciar entre sentir culpa y estar haciendo
algo malo?
Y para la pareja, también es importante preguntarse:
¿Estoy pidiendo que mi pareja abandone a su familia o
estoy pidiendo límites saludables dentro de nuestra relación?
Son cosas muy diferentes.
En algunos casos, la terapia individual puede ayudar a
trabajar la autonomía, la culpa y la dependencia emocional. Y cuando el
problema ya está afectando seriamente la relación, la terapia de pareja puede
ayudar a establecer límites, acuerdos y nuevas formas de comunicación.
Porque finalmente, una relación de pareja saludable no
consiste en elegir entre “mamá o mi pareja”.
Consiste en aprender que cada vínculo tiene su propio lugar.
Una madre puede seguir siendo una persona fundamental en la
vida de su hijo. Pero ese hijo adulto también tiene derecho a construir su
propia vida, tomar sus propias decisiones y formar una relación de pareja sin
sentirse permanentemente dividido.
Y para quienes están iniciando una relación, quizá una de
las mejores recomendaciones sea esta: no observes solamente cómo te trata tu
pareja cuando todo está bien; observa cómo establece límites con su familia
cuando aparece un conflicto.
Ahí puedes conocer mucho de su capacidad de autonomía.
Porque amar a nuestra familia de origen no debería
impedirnos construir una familia propia, una pareja y una vida propias.
Y quizá esta sea una de las grandes tareas de la adultez:
aprender a estar cerca de quienes amamos sin perder nuestra propia identidad.
Ps. Rocxana Croce P.
