lunes, 28 de septiembre de 2026

Cuando comemos para calmar la ansiedad


 

¿Te ha pasado que estás preocupado, estresado o ansioso y, de pronto, sientes unas ganas enormes de comer?

No necesariamente porque tengas hambre. Tal vez acabas de comer, pero aparece ese deseo de comer algo dulce, una galleta, chocolate, papitas, pan… y piensas: “Solo voy a comer un poquito”. Y cuando te das cuenta, ya terminaste comiendo mucho más de lo que tenías pensado.

Después puede aparecer la culpa: “¿Por qué hice esto otra vez?”, “No tengo fuerza de voluntad” o “Mañana voy a empezar la dieta nuevamente”.

Pero hoy quiero que miremos este comportamiento desde otro lugar.

Porque muchas veces no estamos comiendo solamente para alimentar nuestro cuerpo; estamos intentando regular lo que sentimos.

 ¿Qué significa comer para calmar la ansiedad?

Primero tenemos que diferenciar el hambre física del hambre emocional.

El hambre física generalmente aparece de manera progresiva. Nuestro cuerpo nos va dando señales: vacío en el estómago, falta de energía, sensación de hambre.

En cambio, cuando comemos como respuesta a la ansiedad, muchas veces el deseo aparece de manera repentina y está dirigido hacia determinados alimentos.

Por ejemplo: “Necesito chocolate.”

No es simplemente “tengo hambre y cualquier alimento me sirve”. Es: “necesito ese chocolate, esa galleta o ese postre ahora mismo”.

¿Por qué ocurre?  Porque comer puede producir una sensación momentánea de placer, alivio o distracción. Entonces nuestro cerebro aprende algo muy sencillo: “Cuando me siento mal, comer me ayuda a sentirme mejor.”

Y así puede comenzar un círculo:

Ansiedad → deseo de comer → consumo → alivio momentáneo → culpa o malestar → nuevamente ansiedad.

 

Otro ejemplo.  

Imaginemos a una persona que tuvo un día difícil. En el trabajo tuvo problemas, recibió una crítica de su jefe, discutió con su pareja y llegó a casa cansada.

Se sienta frente al televisor y piensa:

“Hoy ha sido un día horrible. Me voy a comer algo para relajarme.”

Abre la refrigeradora, encuentra un postre y comienza a comer.

Mientras come piensa: “Esto me hace sentir mejor.”

Y efectivamente, durante unos minutos siente placer y disminuye la tensión.

El problema es que el alimento no resolvió aquello que generó la ansiedad.

El problema del trabajo continúa.

La discusión continúa.

El cansancio continúa.

Entonces podemos decir que la comida funcionó como un calmante emocional momentáneo, pero no como una solución al problema.  Y esto es importante entenderlo sin juzgarnos.

 

Pero a veces no se trata simplemente de “tener fuerza de voluntad”

A veces escuchamos frases como:  “Solo tienes que controlarte.”   “Si realmente quisieras bajar de peso, no comerías eso.”

La conducta alimentaria es mucho más compleja que simplemente decidir “como” o “no como”.

En momentos de estrés o ansiedad, nuestro sistema emocional puede buscar rápidamente algo que proporcione alivio.

Por eso, decirle a una persona “simplemente no comas” puede ser poco útil.

Tenemos que preguntarnos: ¿Qué está intentando regular esa persona a través de la comida?

Puede ser ansiedad.

Puede ser aburrimiento.

Puede ser soledad.

Puede ser tristeza.

Puede ser frustración.

Puede ser cansancio.

Incluso puede ser una manera de darse un pequeño premio después de un día difícil.

 

Entonces ¿Cómo saber si estoy comiendo por ansiedad?   Podemos hacernos algunas preguntas.

Primero:

¿Tengo hambre física o apareció de repente el deseo de comer?

Segundo:

¿Me comería cualquier alimento o estoy buscando específicamente uno?

Por ejemplo, si acabas de almorzar y dices:

“No tengo hambre, pero necesito comer algo dulce”,  vale la pena detenerse y observar qué está ocurriendo.

Tercero:

¿Qué estaba sintiendo justo antes de querer comer?

Quizás estabas preocupado.

Quizás tuviste una discusión.

Quizás estabas aburrido.

Quizás estabas trabajando durante muchas horas.

 Y una cuarta pregunta:

¿Qué espero conseguir al comer esto?

Puede ser:

“Quiero relajarme.”

“Quiero distraerme.”

“Quiero dejar de pensar.”

“Quiero sentir placer.”

Esta última pregunta es especialmente importante porque nos permite descubrir que quizás la necesidad real no es comer, sino regular una emoción.

 

Entonces, ¿Qué podemos hacer?  No se trata de prohibirnos todos los alimentos que disfrutamos.

Comer también puede ser una experiencia placentera y saludable.

El objetivo es aprender a reconocer cuándo estamos comiendo por hambre y cuándo estamos utilizando la comida principalmente para manejar una emoción.

Una estrategia sencilla es hacer una pausa de unos minutos.  

 No para decirnos:  “No puedo comer”, sino para preguntarnos:  “¿Qué necesito en este momento?”

Quizás necesito comer.

Pero quizás necesito descansar.

Necesito hablar con alguien.

Necesito salir a caminar.

Necesito respirar.

Necesito resolver algo que estoy evitando.

Necesito llorar.

Necesito poner un límite.

O simplemente necesito dormir.

 

Una pequeña herramienta

Podemos utilizar esta secuencia:

PARO – OBSERVO – IDENTIFICO – ELIJO.

Paro: hago una pausa antes de comer impulsivamente.

Observo: ¿qué está pasando en mi cuerpo y en mi mente?

Identifico: ¿qué estoy sintiendo? ¿Ansiedad, tristeza, aburrimiento, frustración?

Elijo: ¿qué puedo hacer para atender esa necesidad?

Por ejemplo: “Estoy muy ansiosa y quiero comer chocolate.”

En lugar de decir: “No puedo comer chocolate.”

puedo decir: “Estoy sintiendo ansiedad. Antes de decidir, voy a respirar, tomar agua y caminar diez minutos. Después voy a decidir si realmente quiero comer.”

La diferencia es importante.

No estamos luchando contra nosotros mismos. Estamos aprendiendo a elegir.

Finalmente, algo fundamental:

Si un día comemos más de lo que queríamos, no necesitamos castigarnos.

No necesitamos pensar:  “Ya arruiné todo.”

Ni: “Mañana no voy a comer nada.”

Ni hacer ejercicio como castigo.

Porque la culpa puede aumentar nuevamente la ansiedad y volver a alimentar el mismo ciclo.

Es mucho más útil preguntarnos:

“¿Qué ocurrió antes de que comiera de esta manera?”

Quizás encontramos que llevábamos varios días durmiendo mal.

O que estábamos atravesando una situación difícil.

O que habíamos restringido demasiado la alimentación.

O que estábamos acumulando emociones.

Entonces el episodio se convierte en información.

No es un fracaso; es una oportunidad para conocernos mejor.

Una reflexión importante: La comida puede proporcionar placer, pero no debería convertirse en nuestra única estrategia para sentirnos mejor.

Si cada vez que estamos ansiosos recurrimos a comer, poco a poco podemos reducir nuestro repertorio de estrategias para manejar las emociones.

Por eso necesitamos construir otras formas de regulación emocional.

-Hablar.

-Descansar.

-Mover el cuerpo.

-Respirar.

-Resolver problemas.

-Buscar apoyo.

-Aprender a tolerar el malestar.

-Y también aprender a reconocer nuestras necesidades.

Porque una emoción desagradable no necesariamente necesita desaparecer inmediatamente.

A veces necesitamos aprender a decir: “Estoy ansioso y puedo tolerar esta sensación sin tener que hacer algo impulsivamente para que desaparezca.”

La próxima vez que tengas unas ganas repentinas de comer, especialmente cuando no tienes hambre física, antes de juzgarte haz una pausa y pregúntate:

¿Qué estoy sintiendo?

¿Qué necesito realmente?   Y una pregunta todavía más profunda:

“Si la comida no fuera una opción en este momento, ¿qué necesitaría hacer para sentirme un poco mejor?”

Quizás ahí encontremos la verdadera necesidad.

Y recuerda:  No se trata de dejar de comer para calmar la ansiedad. Se trata de aprender a no necesitar siempre la comida para calmarla.

Si sientes que comer emocionalmente se ha vuelto frecuente, difícil de controlar o está acompañado de mucha culpa o malestar, buscar ayuda psicológica y, cuando corresponda, busca ayuda nutricional, ello puede ser una buena manera de comprender qué está ocurriendo y desarrollar estrategias más saludables.

 

jueves, 3 de septiembre de 2026

Edipo: el vínculo entre hijo y madre

¿Alguna vez te has preguntado por qué la relación entre una madre y su hijo puede ser tan intensa, cercana y, a veces, también conflictiva?

Existe un concepto muy conocido dentro de la psicología: el complejo de Edipo, planteado por Sigmund Freud dentro de su teoría del desarrollo psicosexual. 

Y se refiere a un momento del desarrollo infantil y a la manera en que el niño va construyendo sus vínculos afectivos, sus límites y su identidad.

Freud planteaba que, aproximadamente entre los 3 y los 6 años, el niño puede desarrollar un vínculo especialmente intenso con su madre y experimentar al padre como una figura que compite por la atención y el afecto de ella.

Es importante aclarar que esto no significa que el niño tenga una intención sexual adulta hacia su madre. Se trata de una formulación psicoanalítica sobre los afectos, deseos de cercanía, identificación y rivalidad propios de una determinada etapa infantil.

Por ejemplo, un niño puede querer que mamá sea exclusivamente para él, molestarse cuando ella presta atención al papá o decir: “Cuando sea grande me voy a casar con mamá”.

Desde la mirada infantil, esto puede expresar un deseo de exclusividad y de cercanía: “Mamá es muy importante para mí y quiero tenerla cerca”.

¿Y qué ocurre entonces con el padre?

En la teoría de Freud, el padre representa progresivamente una figura que introduce un límite en esa relación exclusiva entre madre e hijo. El niño empieza a comprender que mamá tiene otros vínculos, otros intereses y una relación de pareja que no gira alrededor de él.

Este proceso, desde la perspectiva psicoanalítica, ayuda al niño a comprender que no puede ser el centro absoluto del mundo de su madre.

Y aquí aparece un elemento fundamental: la identificación.

El niño puede comenzar a identificarse con el padre, incorporando características, normas y formas de relacionarse. De esta manera, progresivamente, deja de competir con él y empieza a tomarlo como una referencia.

Ahora bien, es importante señalar que actualmente existen diferentes perspectivas psicológicas sobre el desarrollo infantil y que el complejo de Edipo no es considerado una explicación científica universalmente aceptada del desarrollo. Es un concepto que debemos entender dentro del contexto histórico del psicoanálisis.

Sin embargo, hay algo que sí resulta interesante para pensar nuestras relaciones: la forma en que aprendemos a vincularnos dentro de nuestra familia puede influir posteriormente en nuestras relaciones afectivas.

Y aquí llegamos a una parte muy importante: ¿qué puede ocurrir cuando esa relación entre madre e hijo permanece excesivamente fusionada durante la vida adulta?

Una relación cercana entre un adulto y su madre no tiene nada de malo. El problema aparece cuando existen límites poco claros, dependencia emocional o una dificultad para diferenciar el amor de la obligación.

Por ejemplo, un hijo adulto puede sentir que tiene que estar siempre disponible para su madre, consultarle absolutamente todas sus decisiones, cubrirle algunas de sus necesidades o sentirse culpable cuando prioriza sus propios objetivos.

Y escucha, esto puede hacerse especialmente visible cuando aparece una pareja.

Imaginemos a un hombre que comienza una relación y, cada vez que existe un conflicto entre su pareja y su madre, automáticamente se coloca del lado de la madre.

O se comporta como alguien que necesita contarle a su madre detalles íntimos de su relación.

O permite que ella (la madre) opine constantemente sobre cómo debe vivir, dónde debe vivir, cómo debe administrar su dinero, incluso opinar sobre cómo comportarse o como tratar a su pareja o cómo debe educar a sus hijos.

También puede ocurrir que la madre sea la primera persona a la que llama para contarle todo, incluso antes que, a su pareja, o que sus decisiones importantes dependan de su aprobación.

Y ojo, aquí hay algo que puede generar mucho sufrimiento en la pareja: la tercera persona empieza a sentirse como una invitada dentro de su propia relación.

La pareja puede comenzar a preguntarse:

“¿Con quién estoy realmente construyendo mi vida?”

“¿Por qué siento que siempre tengo que competir con su madre?”

“¿Por qué la opinión de ella pesa más que la mía?”

“¿Por qué no me siento como una esposa?”

Y lamentablemente muchas veces esto no aparece desde el comienzo.

Una persona puede enamorarse, convivir, casarse e incluso tener hijos antes de darse cuenta de que existe una dinámica familiar en la que ella nunca ocupará realmente un lugar prioritario.

Por eso es importante observar algunas señales de alerta. Veamos:

Primera: que la pareja no pueda tomar decisiones importantes sin la aprobación de su madre.

Segunda: que se sienta excesivamente culpable cuando dice “no” a su madre.

Tercera: que la madre tenga acceso permanente a información íntima de la relación y que la pareja sienta que sus asuntos privados terminan siendo conocidos por ella.

Cuarta: que la pareja no pueda establecer límites porque aparece inmediatamente el argumento: “Es mi mamá, no la puedo contradecir”.

Quinta: que, frente a un conflicto entre la pareja y la madre, la persona nunca pueda escuchar a ambas partes y automáticamente descalifique o culpe a su pareja.

Otra señal de alerta aparece cuando una persona espera que su pareja haga por ella lo que siempre hizo su madre: cuidarlo, tranquilizarlo, resolverle problemas, o que le satisfaga necesidades emocionales que nunca ha aprendido a gestionar por sí mismo.

Pero atención: tener una madre muy presente no significa necesariamente tener un complejo de Edipo no resuelto.

La verdadera pregunta es:

¿Existe autonomía? ¿Existen límites? ¿Puede esta persona construir una relación de pareja sin sentirse atrapada entre su pareja y su madre?

Porque una relación adulta saludable no exige abandonar a la familia de origen. Lo que exige es poder establecer nuevas prioridades y nuevos límites.

Cuando una persona forma una pareja, no tiene que dejar de ser hijo o hija. Pero sí necesita poder convertirse también en un adulto autónomo capaz de tomar decisiones sobre su propia vida.

Y si ya existe este problema dentro de una relación, la solución tampoco consiste en decir: “Tu madre es el problema”.

Eso probablemente genere más resistencia.

Es mucho más útil trabajar preguntas como:

¿Qué sientes cuando intentas ponerle un límite a tu madre?

¿Qué temes que ocurra si no haces lo que ella espera?

¿Puedes diferenciar entre sentir culpa y estar haciendo algo malo?

Y para la pareja, también es importante preguntarse:

¿Estoy pidiendo que mi pareja abandone a su familia o estoy pidiendo límites saludables dentro de nuestra relación?

Son cosas muy diferentes.

En algunos casos, la terapia individual puede ayudar a trabajar la autonomía, la culpa y la dependencia emocional. Y cuando el problema ya está afectando seriamente la relación, la terapia de pareja puede ayudar a establecer límites, acuerdos y nuevas formas de comunicación.

Porque finalmente, una relación de pareja saludable no consiste en elegir entre “mamá o mi pareja”.

Consiste en aprender que cada vínculo tiene su propio lugar.

Una madre puede seguir siendo una persona fundamental en la vida de su hijo. Pero ese hijo adulto también tiene derecho a construir su propia vida, tomar sus propias decisiones y formar una relación de pareja sin sentirse permanentemente dividido.

Y para quienes están iniciando una relación, quizá una de las mejores recomendaciones sea esta: no observes solamente cómo te trata tu pareja cuando todo está bien; observa cómo establece límites con su familia cuando aparece un conflicto.

Ahí puedes conocer mucho de su capacidad de autonomía.

Porque amar a nuestra familia de origen no debería impedirnos construir una familia propia, una pareja y una vida propias.

Y quizá esta sea una de las grandes tareas de la adultez: aprender a estar cerca de quienes amamos sin perder nuestra propia identidad.

Ps. Rocxana Croce P.


 

Regular tus emociones no significa dejar de sentir

  Ps. Rocxana Croce P. ¿Alguna vez has pensado que controlar tus emociones significa no llorar, no enojarte, no sentir miedo o simplemente e...