Mostrando entradas con la etiqueta Desarrollo Infantil. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Desarrollo Infantil. Mostrar todas las entradas

jueves, 3 de septiembre de 2026

Edipo: el vínculo entre hijo y madre

¿Alguna vez te has preguntado por qué la relación entre una madre y su hijo puede ser tan intensa, cercana y, a veces, también conflictiva?

Existe un concepto muy conocido dentro de la psicología: el complejo de Edipo, planteado por Sigmund Freud dentro de su teoría del desarrollo psicosexual. 

Y se refiere a un momento del desarrollo infantil y a la manera en que el niño va construyendo sus vínculos afectivos, sus límites y su identidad.

Freud planteaba que, aproximadamente entre los 3 y los 6 años, el niño puede desarrollar un vínculo especialmente intenso con su madre y experimentar al padre como una figura que compite por la atención y el afecto de ella.

Es importante aclarar que esto no significa que el niño tenga una intención sexual adulta hacia su madre. Se trata de una formulación psicoanalítica sobre los afectos, deseos de cercanía, identificación y rivalidad propios de una determinada etapa infantil.

Por ejemplo, un niño puede querer que mamá sea exclusivamente para él, molestarse cuando ella presta atención al papá o decir: “Cuando sea grande me voy a casar con mamá”.

Desde la mirada infantil, esto puede expresar un deseo de exclusividad y de cercanía: “Mamá es muy importante para mí y quiero tenerla cerca”.

¿Y qué ocurre entonces con el padre?

En la teoría de Freud, el padre representa progresivamente una figura que introduce un límite en esa relación exclusiva entre madre e hijo. El niño empieza a comprender que mamá tiene otros vínculos, otros intereses y una relación de pareja que no gira alrededor de él.

Este proceso, desde la perspectiva psicoanalítica, ayuda al niño a comprender que no puede ser el centro absoluto del mundo de su madre.

Y aquí aparece un elemento fundamental: la identificación.

El niño puede comenzar a identificarse con el padre, incorporando características, normas y formas de relacionarse. De esta manera, progresivamente, deja de competir con él y empieza a tomarlo como una referencia.

Ahora bien, es importante señalar que actualmente existen diferentes perspectivas psicológicas sobre el desarrollo infantil y que el complejo de Edipo no es considerado una explicación científica universalmente aceptada del desarrollo. Es un concepto que debemos entender dentro del contexto histórico del psicoanálisis.

Sin embargo, hay algo que sí resulta interesante para pensar nuestras relaciones: la forma en que aprendemos a vincularnos dentro de nuestra familia puede influir posteriormente en nuestras relaciones afectivas.

Y aquí llegamos a una parte muy importante: ¿qué puede ocurrir cuando esa relación entre madre e hijo permanece excesivamente fusionada durante la vida adulta?

Una relación cercana entre un adulto y su madre no tiene nada de malo. El problema aparece cuando existen límites poco claros, dependencia emocional o una dificultad para diferenciar el amor de la obligación.

Por ejemplo, un hijo adulto puede sentir que tiene que estar siempre disponible para su madre, consultarle absolutamente todas sus decisiones, cubrirle algunas de sus necesidades o sentirse culpable cuando prioriza sus propios objetivos.

Y escucha, esto puede hacerse especialmente visible cuando aparece una pareja.

Imaginemos a un hombre que comienza una relación y, cada vez que existe un conflicto entre su pareja y su madre, automáticamente se coloca del lado de la madre.

O se comporta como alguien que necesita contarle a su madre detalles íntimos de su relación.

O permite que ella (la madre) opine constantemente sobre cómo debe vivir, dónde debe vivir, cómo debe administrar su dinero, incluso opinar sobre cómo comportarse o como tratar a su pareja o cómo debe educar a sus hijos.

También puede ocurrir que la madre sea la primera persona a la que llama para contarle todo, incluso antes que, a su pareja, o que sus decisiones importantes dependan de su aprobación.

Y ojo, aquí hay algo que puede generar mucho sufrimiento en la pareja: la tercera persona empieza a sentirse como una invitada dentro de su propia relación.

La pareja puede comenzar a preguntarse:

“¿Con quién estoy realmente construyendo mi vida?”

“¿Por qué siento que siempre tengo que competir con su madre?”

“¿Por qué la opinión de ella pesa más que la mía?”

“¿Por qué no me siento como una esposa?”

Y lamentablemente muchas veces esto no aparece desde el comienzo.

Una persona puede enamorarse, convivir, casarse e incluso tener hijos antes de darse cuenta de que existe una dinámica familiar en la que ella nunca ocupará realmente un lugar prioritario.

Por eso es importante observar algunas señales de alerta. Veamos:

Primera: que la pareja no pueda tomar decisiones importantes sin la aprobación de su madre.

Segunda: que se sienta excesivamente culpable cuando dice “no” a su madre.

Tercera: que la madre tenga acceso permanente a información íntima de la relación y que la pareja sienta que sus asuntos privados terminan siendo conocidos por ella.

Cuarta: que la pareja no pueda establecer límites porque aparece inmediatamente el argumento: “Es mi mamá, no la puedo contradecir”.

Quinta: que, frente a un conflicto entre la pareja y la madre, la persona nunca pueda escuchar a ambas partes y automáticamente descalifique o culpe a su pareja.

Otra señal de alerta aparece cuando una persona espera que su pareja haga por ella lo que siempre hizo su madre: cuidarlo, tranquilizarlo, resolverle problemas, o que le satisfaga necesidades emocionales que nunca ha aprendido a gestionar por sí mismo.

Pero atención: tener una madre muy presente no significa necesariamente tener un complejo de Edipo no resuelto.

La verdadera pregunta es:

¿Existe autonomía? ¿Existen límites? ¿Puede esta persona construir una relación de pareja sin sentirse atrapada entre su pareja y su madre?

Porque una relación adulta saludable no exige abandonar a la familia de origen. Lo que exige es poder establecer nuevas prioridades y nuevos límites.

Cuando una persona forma una pareja, no tiene que dejar de ser hijo o hija. Pero sí necesita poder convertirse también en un adulto autónomo capaz de tomar decisiones sobre su propia vida.

Y si ya existe este problema dentro de una relación, la solución tampoco consiste en decir: “Tu madre es el problema”.

Eso probablemente genere más resistencia.

Es mucho más útil trabajar preguntas como:

¿Qué sientes cuando intentas ponerle un límite a tu madre?

¿Qué temes que ocurra si no haces lo que ella espera?

¿Puedes diferenciar entre sentir culpa y estar haciendo algo malo?

Y para la pareja, también es importante preguntarse:

¿Estoy pidiendo que mi pareja abandone a su familia o estoy pidiendo límites saludables dentro de nuestra relación?

Son cosas muy diferentes.

En algunos casos, la terapia individual puede ayudar a trabajar la autonomía, la culpa y la dependencia emocional. Y cuando el problema ya está afectando seriamente la relación, la terapia de pareja puede ayudar a establecer límites, acuerdos y nuevas formas de comunicación.

Porque finalmente, una relación de pareja saludable no consiste en elegir entre “mamá o mi pareja”.

Consiste en aprender que cada vínculo tiene su propio lugar.

Una madre puede seguir siendo una persona fundamental en la vida de su hijo. Pero ese hijo adulto también tiene derecho a construir su propia vida, tomar sus propias decisiones y formar una relación de pareja sin sentirse permanentemente dividido.

Y para quienes están iniciando una relación, quizá una de las mejores recomendaciones sea esta: no observes solamente cómo te trata tu pareja cuando todo está bien; observa cómo establece límites con su familia cuando aparece un conflicto.

Ahí puedes conocer mucho de su capacidad de autonomía.

Porque amar a nuestra familia de origen no debería impedirnos construir una familia propia, una pareja y una vida propias.

Y quizá esta sea una de las grandes tareas de la adultez: aprender a estar cerca de quienes amamos sin perder nuestra propia identidad.

Ps. Rocxana Croce P.


 

lunes, 17 de marzo de 2025

El divorcio y los hijos

 


“Una vez que pase la tormenta de arena, no recordarás cómo lo lograste, cómo sobreviviste, pero una cosa será segura, ya no serás la misma persona”.

Haruki Murakami.


 El divorcio es una separación de la pareja que resulta dolorosa en diferentes grados, sobre todo cuando hay hijos de por medio. 

 Como toda perdida afectiva y final de una relación, se atraviesa por un proceso de duelo, aún sin que exista una muerte física de uno de los miembros. 

 Cuando hay hijos de por medio, es inevitable que no estén inmersos en la decisión. Frente a ello es necesario que los padres muestren una actitud adecuada y favorable, explicarles que la permanencia en la vida de sus hijos, aun a pesar de la distancia física, será por siempre de parte de ellos.

 Si bien el divorcio rompe la estabilidad, se necesita que el tema sea abordado de manera clara y concreta, considerando la edad y etapa de cada uno de los hijos.

 En ese sentido, un divorcio no necesariamente representa una tragedia.

 Una tragedia sería que los hijos presencien el desamor de sus padres o estén expuestos a comentarios como «yo sacrifico mi vida por mis hijos y por ello continúo viviendo contigo».

 Doloroso sería que los hijos sufran continuamente por las discusiones y peleas de sus padres diariamente, y más aún cuando hablamos de casos de maltrato en la pareja, abuso violencia de cualquier índole.

 Los efectos del desamor que presencian los hijos en los padres a futuro pueden generar en ellos la tendencia a establecer vínculos de sacrificio, mas no de amor. Es decir, los hijos podrían seguir el ejemplo de los padres, establecer relaciones siguiendo patrones disfuncionales.

 Un divorcio responsable compromete a ambos padres a brindarles a sus hijos una mejor calidad de vida en todo sentido, y ponerles fin a las desavenencias entre los padres.

 Un punto importante es dejar en claro que no es por ellos (los hijos) que se separan papá y mamá, que a veces las personas no logran tener las afinidades necesarias para convivir y que es mejor llegar a un acuerdo saludable donde si bien ya no estarán juntos bajo el mismo techo, ellos deben tener la plena seguridad que sus padres no los abandonaran porque existen entre ellos lazos indestructibles.

 Considerando que cualquier cambio es difícil sobre todo cuando están de por medio  sentimientos y emociones, hace falta desarrollar empatía, el tacto, la capacidad de observación, la paciencia entre otros aspectos  y estar atentos a los comportamientos, de ser necesario buscar ayuda profesional para afrontar el proceso de adaptación a la nueva convivencias; incluso si se lleva bien un proceso de separación, este sirve de gran aprendizaje, permite desarrollar habilidades de afrontamiento y toma de decisiones, donde es posible superar éste difícil periodo conservando los vínculos familiares y el bienestar de los miembros.

 En este proceso, los hijos pueden elaborar y procesar el divorcio de sus padres sin verse tan afectados, incluso pueden llegar a superar la separación de sus padres e integrar dos hogares —casa de papa y casa de mama—, hogares a los que ellos pertenecen, siendo parte de esas dos familias.

 Evidentemente esto se logra con más facilidad siempre y cuando los padres se separen de forma adulta y manejen el proceso con sensatez y responsabilidad afectiva.

  El divorcio es una posibilidad y, muchísimas veces, la única solución al vendaval de problemas de la pareja.

 Habrá padres que logran una separación madura y funcionan como equipo. Así como hay padres casados que no funcionan ni como pareja, ni como padres. Existen padres que continúan casados y no ejercen función paterna.

 Y en muchos casos, los niños criados por padres que no cumplen su función irán a tratamiento psicológico e incluso psiquiátrico por la magnitud y consecuencias de un mal manejo intrafamiliar.

 El divorcio no es una tragedia, la tragedia es que algunas personas no lo asuman, no lo acepten y no elaboren el duelo necesario para empezar otra etapa en su vida.

 No se puede normalizar un matrimonio mal llevado, ni normalizar un divorcio patológico

 Finalmente, el hogar debe transmitir seguridad y pertenencia en los hijos, sabiendo que continúan siendo familia, pero en dos casas distintas.

 Ps. Rocxana Croce P.


lunes, 21 de junio de 2021

Teoría del apego

El psicólogo John Bowlby (1907-1990) que en su trabajo en instituciones con niños privados de la figura materna le condujo a formular la Teoría del apego.

El APEGO es el vínculo emocional que desarrolla el niño con sus padres (o cuidadores) y que le proporciona la seguridad emocional indispensable para un buen desarrollo de la personalidad. 

La tesis fundamental de la Teoría del Apego es que el estado de seguridad, ansiedad o temor de un niño es determinado en gran medida por la accesibilidad y capacidad de respuesta de su principal figura de afecto (persona con que se establece el vínculo).

El apego proporciona la seguridad emocional del niño: ser aceptado y protegido incondicionalmente. Está planteamiento también puede observarse en distintas especies animales y que tiene las mismas consecuencias: la proximidad deseada de la madre como base para la protección y la continuidad de la especie.

La teoría del apego tiene una relevancia universal, la importancia del contacto continuo con el bebé, sus cuidados y la sensibilidad a sus demandas están presentes en todos los modelos de crianzas derivados de los diferentes  medios culturales.

Los estilos de apego se desarrollan tempranamente y se mantienen generalmente durante toda la vida, permitiendo la formación de un modelo interno que integra por un lado creencias acerca de sí mismo y de los demás y por el otro una serie de juicios que influyen en la formación y mantenimiento de las dinámicas relacionales durante toda la vida de individuo. 

Por esto resulta importante la figura del primer cuidador, generalmente la madre, ya que el tipo de relación que establece ésta y el niño será determinante en el estilo de apego que se desarrollará.

No obstante, otras figuras significativas como el padre y los hermanos pasan a ocupar un lugar secundario y complementario, lo que permite establecer una jerarquía en las figuras de apego.

Tipos de apego:

- APEGO SEGURO: El apego seguro se da cuando la persona que cuida demuestra cariño, protección, disponibilidad y atención a las señales del bebé, lo que le permite desarrollar un concepto de sí mismo positivo y un sentimiento de confianza. En el dominio interpersonal, las personas seguras tienden a ser más cálidas, estables y con relaciones íntimas satisfactorias, y en el dominio intrapersonal, tienden a ser más positivas, integradas y con perspectivas coherentes de sí mismo.

- APEGO ANSIOSO: El apego ansioso  se da cuando el cuidador está física y emocionalmente disponible sólo en ciertas ocasiones, lo que hace al individuo más propenso a la ansiedad de separación y al temor de explorar el mundo. No tienen expectativas de confianza respecto al acceso y respuesta de sus cuidadores, debido a la inconsistencia en las habilidades emocionales. Es evidente un fuerte deseo de intimidad, pero a la vez una sensación de inseguridad respecto a los demás. Puede ser de dos tipos:

a) Apego ambivalente:

Responden a la separación con angustia intensa y mezclan comportamientos de apego con expresiones de protesta, enojo y resistencia. Debido a la inconsistencia en las habilidades emocionales de sus cuidadores, estos niños no tienen expectativas de confianza respecto al acceso y respuesta de sus cuidadores.

b) Apego evitativo:

El apego evitativo se da cuando el cuidador deja de atender constantemente las señales de necesidad de protección del niño, lo que no le permite el desarrollo del sentimiento de confianza que necesita. Se sienten inseguros hacia los demás y esperan ser desplazados sobre la base de las experiencias pasadas de abandono.

- APEGO DESORGANIZADO DESORIENTADO: El cuidador ante las señales del niño tiene respuesta desproporcionadas y/o inadecuadas, incluso en su desesperación, al no poder calmar al niño, el cuidador entra en procesos de disociación. Esta conducta del adulto desorienta al niño y no le da seguridad y le genera  ansiedad adicional.

 

 

 


Cuando comemos para calmar la ansiedad

  ¿Te ha pasado que estás preocupado, estresado o ansioso y, de pronto, sientes unas ganas enormes de comer? No necesariamente porque teng...