jueves, 10 de marzo de 2016

DOS NO DISCUTEN SI UNO NO QUIERE


Las discusiones muchas veces son inevitables ya sea por la necesidad de expresar lo que sentimos o queremos, también por aclarar algo. Tratar las discrepancias nos lleva muchas veces a estar inmersos en discusiones  donde incluso podemos enfrascamos en querer tener la razón y termina afectando la relación entre las personas involucradas. Si nos centramos en las discusiones mismas (no debates, por ejemplo), ya sea en el ámbito familiar, social o laboral, resultan peligrosas porque dañan la relación.

En una discusión observamos que cuanto más tratamos de tener razón, más impulsamos  al otro a ponerse a la defensiva y a dejar de escucharnos; con el consiguiente desgaste emocional y físico y donde incluso, no se llega a un entendimiento.

Para evitar una discusión es necesario dejar de hacer monólogos, evitar los individualismos y más bien tener una escucha activa,  saber escuchar porque la otra persona puede opinar  diferente, o tener criterios generales distintos;  es recomendable (en medio de la discusión) preguntar para aclarar; por ejemplo: ¿A qué te refieres con …?
Y cuando la situación se vuelve acalorada y ya no sabemos ni lo que decimos, es mejor practicar el autocontrol, procurando mantener el equilibrio emocional, incluso se puede dejar la discusión para otro momento.

Resulta adecuado y catalizador, ensayar escribir una carta dirigida a la persona involucrada, contándole cómo vemos la situación y cómo nos sentimos. Observaremos conforme avanzamos en el relato que al principio nos sentimos afectados e incluso dolidos, pero conforme escribimos, vamos viendo la situación desde ambas perspectivas (incluso podemos ponernos en el lugar del otro en algún momento).

Ps. Rocxana Croce.

“Una discusión prolongada es un laberinto en el que la verdad se pierde siempre”.  Lucio Séneca.